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 EL INDIANO (Tercera Parte)



09 de Octubre de 2010, 02:34:41 pm
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Alejandra

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EL INDIANO (Tercera Parte)
« en: 09 de Octubre de 2010, 02:34:41 pm »
EL  INDIANO
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(Tercera  Parte)
 
por Alejandra Correas Vázquez
 
VI – EL  HIJO  DEL  INDIANO
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[font=times new roman:yc5y9r4y]La nueva sorpresa le inundó el alma, y una tranquilidad extraña lo fue envolviendo. Posó una mano sobre el brazo del otro.[/font:yc5y9r4y]
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—¿Tú? ... Dajma ... No ... No me hables por un momento— luego se dirigió a él con energía —¿Y porqué estas ropas cristianas? ¡Invoco su recuerdo y te pregunto porqué!
—¡Paz! Yo hallé la paz. Lo que he encontrado ha sido el fruto de un largo esfuerzo, y mis horas de meditación continúan. Más que a una religión me dirijo a un Creador. Ya voy percibiéndolo en la soledad de mi capilla, y cualquier peregrino puede buscarlo en los más distantes rincones.
—¿Por qué elegiste este camino?
—Mi senda fue la mística ¿Para qué cruzar el Estrecho en busca de un sendero hacia la Meca? Son distintas palabras. Las religiones existieron siempre, una nueva civilización cambia el idioma de los pueblos. La Religión Eterna adopta su nuevo rótulo, pero dentro de ella es la misma. La que nunca murió.
—¿Y cuál es tu profeta?
—Los Maestros se suceden. No nos hablan de ellos, sino de sus creencias. Hablan al hombre. Los sacerdotes llegan y los adoptan, agregándolos a su religión. Es una historia trágica. El místico no piensa en ella. No predica a los otros. Se nutre a sí mismo... Aquí estoy yo, padre Indiano.
—Te percibo.
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[font=times new roman:yc5y9r4y]Don Juan entró en un mutismo espeso como la noche. Un silencio intenso que envolvió al padre y al hijo. El silencio del tiempo que trajo la distancia, donde ambas rutas imposible antaño de reunir, eran en esta noche, una sola.[/font:yc5y9r4y]
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—¿Crees en un Dios? ¿Tienes un Dios que te alumbre?— volvió a preguntarle el sacerdote
—Tal vez muchos... Como los antiguos habitantes de esta península española. Su protección me preservó la vida en aquellas selvas sangrientas. El Amor de un antiguo Maestro del desierto estuvo siempre lejos de nosotros. Creo que tuve muchos. Hoy no me queda ninguno— Don Juan bajó la lámpara
—¿Pero piensas en algo imponderable, en una luz poderosa? ¿En alguien?— el religioso acercóse aún más al Indiano, casi con inquietud
—Tal vez ...en el Sol... Bajo su nombre transcurrieron las circunstancias de mi vida. Tuve una mujer que cerró sus ojos dejándome una hija. Mis manos se cubrieron de ricos metales. El Sol estaba en cada rincón de aquellos reinos hablándonos de su pasado, que era nuestra gloria presente— callóse de improviso
—Sigue. Es muy importante para ti.
—Cuando en la orgía de una noche invadimos su casa, nos iluminó desde el inmenso disco de oro que simbolizaba su imagen. Alcancé a tocarlo en uno de sus extremos, y una vibración mayor que la del mineral penetró por mi cuerpo. Era la vibración de mi propio destino. Mi suerte estaba sellada. Sería para siempre un Indiano devastador que había ligado mi sangre a su historia.
—¿Te tocó él con su mano?
—El Imponderable bajó hasta mí una sola vez, sobre las cumbres de nieve que nos llevaron hasta el reino de Arauco. Y allí, entre las ariscas cortantes andinas el hielo eterno me habló en su lenguaje, y mi espada se transformó en una araña. Los tentáculos llevaban la amenaza del veneno, pero nunca tendrían el poderío del Constructor. Luego, al descender por las laderas lo perdí de vista. Hoy es un día de luz, creo verlo detrás de tus ojos. 
 
[font=times new roman:yc5y9r4y]El perro del religioso comenzó a girar entre ambos, mientras ellos en silencio se comunicaban. [/font:yc5y9r4y]
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—Mis ojos están ocultos ahora en la niebla nocturna— expresóle el hijo
—La noche parece más cerca de la vida. Durante mis andanzas, el tumulto de las guerras cubrió por completo las horas que el día me daba. La cruz del Amor para el hombre, era en mis manos un arma de batalla.
—¿Y el amor que abandonaste en estas costas?
—¡Aquel Amor! ...
—Sí, aquél que me procreó.
—Lo llevé siempre conmigo... Durante una tarde escondidos en una gruta, mientras acechábamos el momento preciso para huir del cerco que unos nativos nos tendieran cerca de Nazca, varios de mis compañeros en un extremo obscuro elevaban en susurro casi silencioso, una plegaria. Me acerqué sigiloso para unirme a ellos, y reconocí con espanto, los versículos inconfundibles de la lengua árabe que escuchara en mi juventud.
—Puedo recitarlos aún, los aprendí en mi infancia.
—Aquellos conversos perdieron su máscara ante mí. Pero al caer de improviso la noche pudiendo escapar en la tiniebla sin ser vistos, la imagen de Dajma inundó el aire a mi alrededor ¡Y pensé que ella recitaba esa invocación extraída del Corán para protegerme! ... Pero Dajma ya no estaba con nosotros y yo no lo sabía.
—Ella te protegía a través de ellos, no tengas dudas.
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VII – I N T I H U A S I
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—No te fatigues— le dijo el religioso —La excitación es mala a tus años. Tómate de mi brazo. Tu hija te espera en la capilla ... ¿Me acompañas, padre Indiano?
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[font=times new roman:yc5y9r4y]Don Juan de Aguiar pasóse la mano por la cabeza. La noche era completa en su obscuridad. El cielo despejado estaba muy lleno de estrellas. Y el guerrero junto al hijo ignorado, en silencio emprendieron el camino hacia la iglesia.[/font:yc5y9r4y]
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—Mira... Tu Sol nos alumbrará mañana con un esplendor radiante— le dijo el místico
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[font=times new roman:yc5y9r4y]Caminaban silenciosamente, mientras él llevaba la sensación de un anciano que ha completado todos los pasos de su vida. La brisa recogía el aroma de las viñas para extenderla sobre el camino. Las conchillas de la costa confundían su fuerte fragancia con el fruto dulce del duraznero.[/font:yc5y9r4y]
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[font=times new roman:yc5y9r4y]La noche intensa, abierta y diamantina, auguraba un día siguiente luminoso. Y al contemplar aquel telón nocturno salpicado de estrellas, tuvo para sí una evocación nostálgica. La cual hízole retrotraer su pensamiento en forma nítida, hacia aquella Cruz del Sur bajo cuyo esplendor transcurrieron sus andanzas, por los caminos de Indias ... Y que él ya nunca más vería.[/font:yc5y9r4y]
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[font=times new roman:yc5y9r4y]Cuando la esfera solar reapareciese nuevamente, el astro rey en su ropaje dorado de Inti, posaría otra vez sus cálidos rayos de norte a sur sobre los hombres, iluminando su casa terrestre. Su Intihuasi.[/font:yc5y9r4y]
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[font=times new roman:yc5y9r4y]Más adelante —pensó— los nietos invadirían la huerta de su retiro, en busca de la fruta madura.[/font:yc5y9r4y]
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FIN
« Última modificación: 01 de Enero de 1970, 01:00:00 am por Guest »
ARS  LONGA  VITA  BREVIS

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Alejandra Correas Vázquez
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