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El culto a las plantas - 2ª parte

 


 

El culto en la primitiva Grecia


 

a primitiva Grecia practicó el culto de los bosques; anteriormente a la invasión helénica las encinas de Donona pronunciaban oráculos, y debajo de sus ramas se albergaba el gran Dios de los pelasgos epirotas, los Graikoi, y en toda la Grecia, tanto la europea como la asiática, no hay santuario que no tenga su bosque sagrado.

Las Hespérides, ninfas del poniente, hijas de Atlas y de Hésperis; velan las manzanas de oro que Hera recibió de Gea como regalo por su matrimonio; los antiguos situaban el jardín de las Hespérides en el extremo del mundo occidental. Con su mito del árbol del fruto de oro, son un testimonio del significado religioso que tenían las concepciones espirituales de Grecia.

El culto entre los latinos


Entre los latinos, el frondoso bosque (nemus), la selva (lucus), la arboleda de hayas (fagutala) y la fuente murmurando bajo un tupido techo de enredaderas, estaban habitados por multitud de genios silvestres y los árboles aislados eran objeto de veneración, teniendo suspendidos de sus ramas y tronco gran número de ofrendas y exvotos, pieles de animales cobrados en la caza y trofeos de guerra.

venus.jpg (4761 bytes)

Originalmente, Venus era la diosa de los campos y jardines

En toda Italia el grupo de los dioses forestales tomó una extensión particular; Faunas y Fauna o Fatua no eran sino una representación del bosque propicio a las voces favorables de la selva. Maia, Flora, los silvanos, las ninfas, Ceres, Venus (originalmente diosa de los campos y jardines) y el mismo Marte, habitaban en los bosques, en los campos y en los sembrados, activando y favoreciendo el crecimiento de los árboles y velando por el desarrollo de las mieses y frutos.

La mayor parte de estos personajes son ya seres mitológicos, verdaderas divinidades. Fauno, cuyos sobrenombres de Juno y Luperco le hacen allegado de la diosa Juno, de Jano y de Marte, tiene por hijo a Fons o Fontus, el padre de los manantiales; golpea a su compañera Fauna, con una rama de mirto y se une a ella en forma de serpiente (símbolo de la renovación).

Los germanos consagraban los bosques, dándoles los nombres de sus dioses, y de ello habla Tácito, refiriendo que vio en Rugen un bosque (castum nemus) en donde los teutones escondían el carro sagrado de la tierra y entre los naharvales vio también un bosque venerado desde muy antiguo (antiquae religionis).

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