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El culto a las plantas - 1ª parte

 


 

El papel del Reino Vegetal en las religiones de los antiguos pueblos


 

n las religiones de los pueblos de la antigüedad el Reino Vegetal fue objeto de un culto particular, en nada inferior al que profesó, e incluso hoy en día algunos pueblos profesan, del reino animal. Este hecho es consecuencia natural de la situación del hombre en la Naturaleza, uno de cuyos elementos, las plantas, tuvo siempre a mano, pues de ellas hubo de nutrirse y vestirse sin hallar en ellas el inconveniente del retraimiento y la fuga, propio de la mayor parte de los animales. Por esta razón, el reino vegetal no dio a la credulidad y a la imaginación menos pábulo que los demás reinos de la Naturaleza.

Habiendo la flora desempeñado, no menos que la fauna, un principal y perpetuo papel en la vida del hombre, puede afirmarse que no hay esencia forestal, ni hierba saludable o dañina, ni planta alimenticia o útil que, por su forma, su color, sus frutos y su empleo, haya dejado de ejercer influencia en las costumbres, la salud y el pensamiento de los individuos y los pueblos; ni hay tampoco que extrañarse de que el hombre, en su tendencia a hallar una explicación a cuanto escapa a su conocimiento y comprensión, atribuyese las virtudes de las plantas primero a algún poder oculto, luego a genios caprichosos y, finalmente, a divinidades de varias categorías.

"Nada tan universal -dice A. Lefebvre-, como el culto de los bosques: el hombre ha vivido debajo y encima de los árboles, ha dormido en la espesura de la selva, ha construido su vivienda en las bifurcaciones de los troncos, ha vagado por los claros de la floresta, ha trepado las encinas comiendo las bellotas y tomado el sagrado níspero, atento siempre a todos los murmullos, a todas las variaciones de la luz y la oscuridad, siempre cazador o fugitivo y asediado por los fantasmas del horror sagrado.

El culto en los pueblos indoeuropeos


En los pueblos indoeuropeos el culto de las plantas formó parte importante de sus creencias. Los Vedas, libros sagrados de los hindúes escritos en sánscrito primitivo, contienen referencias a rituales y divinidades relacionadas con las plantas.

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Texto sagrado del periodo védico

Los vedas son un conjunto de plegarias, fórmulas rituales y mágicas e himnos religiosofilosóficos, dictados, según la tradición, por Brahma (primer creador); fueron compuestos a lo largo de un periodo que empieza antes del s. VII a.C. Los Vedas son cuatro: el Rig-Veda, el Sama-Veda, el Yajur-Veda y el Atharva-veda, pero en sentido más amplio se aplica también este nombre a otros libros como los Brahmanas y Upanishads, obras de exégesis y comentario de los Vedas propiamente dichos; todos ellos constituyen el más antiguo monumento de la literatura india.

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Los Vedas fueron dictados, según la tradición, por Brahma, primer ser creado y creador del universo

Concretamente en el Rig-Veda se lee: "Hay seis grandes divinidades: el cielo y la tierra, el día y la noche, las aguas y las plantas", y en muchos de los himnos védicos se registran fórmulas como esta: "¡Guárdennos y protéjannos las plantas, los bosques, las colinas coronadas de árboles; invoquemos las plantas, los árboles, el follaje!". Y aún hoy en la India cada una de las aldeas tiene su árbol sagrado.

Lo propio sucedía en Persia, donde los habitantes de determinadas aldeas próximas a los jardines reales de Chiraz, los cuales poseían un árbol con una inmensa copa, acudían para situarse a su alrededor como si se tratara de un sagrado templo, haciendo oración bajo sus ramas, colgando de ellas objetos piadosos, quemando incienso, encendiendo velas y practicando todo género de supersticiones, ya para recobrar la salud perdida, ya para obtener gracias extraordinarias. En muchos lugares de Persia otros árboles similares eran venerados por el pueblo, el cual les daba el nombre de Draet fusch (árboles excelentes). Los devotos; particularmente las personas consagradas a la vida de religión y ascetismo, iban a buscar a la sombra de estos árboles la paz y el consuelo de su espíritu, imaginándose muchas de ellas que se les aparecen, en forma de luces resplandecientes, las almas de los Aulias (santos o bienaventurados) que en vida habían hecho prácticas piadosas a la sombra de los árboles divinos.

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