Mi esposa y yo nos hemos formulado esta pregunta tras una larga reflexión sobre los objetivos que nos marcamos en la vida. Muchos niños en este mundo nuestro ni siquiera pueden comer todos los días. Es muy triste, si tenemos un mínimo de corazón, el pensar que estas Navidades vamos a atiborrarnos de buenos manjares, cuando en muchos lugares de nuestro miserable planeta otros seres humanos se pegarían por relamer los restos de las cigalas que vamos a degustar en Nochebuena. Mientras tanto, en nuestras sociedades ¿avanzadas? debatimos sobre cómo mejorar nuestro estilo de vida, o mejor dicho, cómo deshumanizarlo.
No somos una familia de la alta sociedad, pero no tenemos especiales carestías, ni en alimentación, ni en ingresos económicos, ni en cobertura sanitaria, ni otras tantas de esas cosas que dan valor a lo que se viene en denominar “calidad de vida”. Pertenecemos a lo que se suele llamar en Occidente “familia de clase media acomodada”, que en España se correponde con una ancha franja de población. Pero, ahora, cuando nuestras edades se acercan a lo que podría considerarse como el ecuador de la vida, ya cumplida nuestra labor vital, aquella de sacar adelante una familia, educarla y situarla en una posición de autosuficiencia, nos llegó el momento de reflexionar:
Ya es diciembre. Observo los cristales empañados de mi salón mientras fuera el viento y la lluvia golpean los árboles, pero me parecen distantes, porque en el interior de mi vivienda existe una temperatura ideal gracias a la calefacción central, y la seguridad de mi hogar me protege frente a la intemperie. Después, dormiré en sábanas limpias, en un cómodo colchón, con almohada de suave guata, que me sumirán en hermosos sueños. No me preocupa qué comeré al día siguiente, porque siempre hay algo en el frigorífico o en el congelador: unos huevos, unas patatas, unos fiambres, algún plato preparado…, y, en cualquier caso, siempre queda el recurso de salir a comer a un restaurante, o ir de pinchos a la calle de los vinos.
Por la noche me sentaré ante mi ordenador, revisaré el correo de mis amigos y colaboradores -y ahora también de mis compañeros de la O.N.G. IdukayPerú- mientras me tomo un café o un chocolate bien caliente, en compañía de la radio de fondo que me pone al corriente de los acontecimientos. Después, si me queda tiempo, veré alguna serie en mi televisión por cable, para que me suma en el mundo de la ciencia ficción: el hombre malísimo, el chico maravilloso, la chica perfecta y el final superguay, donde todos son felices y comen perdices.
Ahora, retomo la pregunta, qué, casualmente, nos formulamos mientras almorzamos opíparamente después de un día normal y nada trascendente ¿Cuántas veces comemos al día?
La respuesta no tendría más importancia que la dilucidada en una conversación como otras muchas de la sobremesa, si no fuera por la afirmación que seguiría a continuación: “Muchos niños del mundo ni siquiera pueden comer todos los días”. Entonces, nos planteamos ¿qué podemos hacer nosotros para evitarlo?
Ciertamente, pocas cosas podemos hacer para solucionar problemas del mundo sólo abordables por gobiernos y organizaciones poderosas. Lamentablemente, muchos gobiernos de países del Tercer Mundo, gran parte de ellos de naturaleza dictatorial, están más preocupados por hacer la guerra a sus vecinos, dilapidar sus propios recursos naturales o maltratar a sus conciudadanos por cuestiones ideológicas o de política inconfesable. Por su parte, los políticos occidentales, a quien tenemos la virtud de poder elegir, se preocupan más por cuestiones ajenas al pueblo y sus necesidades, ensalzando a la mínima oportunidad aquellas que desunen a las gentes y sus representantes.
Aquí es donde tiene que asomar la sensibilidad individual y, aunque sólo seamos unos pocos, luchar con ahínco por la transformación de esta sociedad hacia un futuro solidario.
Todos diréis: sí, eso está muy bien, pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Bueno, pues ahí es donde quería llegar, porque mi esposa me ha planteado dejar todas sus comodidades y dar trigo, en vez de predicar sus buenas intenciones. En cuanto pueda, probablemente a partir de la primavera o verano, dedicará unos meses de su vida, una parte de su economía, y todo su conocimiento y aptitudes de que es capaz, para entregarlos a quien no tiene nada, ni siquiera una alimentación diaria, desplazándose al otro lado del mundo para materializar esas buenas intenciones allí donde realmente puede ser útil.
Y no está sola, porque otras personas que ya hicieron lo mismo le acompañarán. Personas que han contactado con lo más humilde de las sociedades del mundo, aquellos que conforman el eslabón más bajo de la sociedad, los que viven de los desechos de los niveles superiores. Yo, que no puedo desplazarme por cuestiones insalvables, no solamente le apoyo, sino que le ayudaré en cualquier gestión que esté en mi mano.
Todo esto ¿le interesa a alguien? Seguramente que sí, alguien dirá “que bonita acción”, “que solidaria”, “que ovarios tiene esa mujer”, pero seguidamente retornará a sus pensamientos más cercanos, o pensará que sus propios problemas son suficientemente graves como para preocuparse por los ajenos, aunque esos problemas ajenos sean de naturaleza tal como no saber si se podrá comer al día siguiente.
Apenas he dado nombres, ni lugares, ni fechas, ni objetivos concretos, porque sólo aquellas personas que tengan algún interés en saber qué hacen algunos semejantes por los demás, serán receptores directos de esa información. Con que sólo uno de los destinatarios de este mensaje se interese por este proyecto humanitario, lo consideraré un éxito.
Quien sabe, tal vez este gesto consiga que un solo niño pueda comer esta Navidad, aunque al día siguiente ese niño deba plantearse cómo continuar sobreviviendo.
P.D. En el momento de publicar este artículo, algunas de las cosas que se relatan en él ya son historia en el tiempo. Ha entrado un nuevo año y los deseheredados del mundo siguen esperando nuestra compasión. Mi esposa y yo también seguimos esperando manos amigas, que nos “ayuden a ayudar”.
Abel Domínguez