Suicidio

Publicado por jmontane el Miércoles, Octubre 1st, 2008 a las 10:59

Probablemente el suicidio sea uno de los asuntos más difíciles de abordar. ¿Cómo se llega a esta situación? ¿Por qué la persona no encuentra otra salida? Para quien no concibe ni ha concebido jamás esta posibilidad, el suicidio no está al alcance de su comprensión. Es inimaginable. Uno diría que siempre hay una alternativa mejor, una que cuanto menos sea reversible.

Yo empecé a interesarme por este tema casi tan pronto como puse en marcha un sitio en la red para personas que padecieron abusos sexuales en su infancia, pues esta es la cuestión principal de la que me ocupo. El caso es que enseguida llamó mi atención la forma reiterada en que se hablaba del suicidio. Era obvio que la relación entre los abusos sexuales y el suicidio no eran ninguna coincidencia, así que abrí una encuesta con el objeto de establecer una estadística que permitiera acercarnos de un modo más fidedigno a esta realidad tan desconcertante. Hay que decir, por una parte, que la participación obtenida quizá no alcance unas cotas numéricas que nos permitan asegurar sin margen de error una u otra cosa, pero por otra parte sí creo que estas cifras muestran una tendencia bastante aproximada y garantizan una certeza en cuanto a la validez y credibilidad de cada voto. En el momento de escribir este artículo se han contabilizado 167 votos. Es importante señalar que la pregunta era “¿quien había intentado suicidarse una o más ocasiones?”. No se contemplaban los pensamientos o el estar fantaseando con ello, sino tan sólo los hechos consumados. El resultado se divide en 101 personas que lo han intentado y 66 que no lo han intentado nunca. Podríamos extraer muchas conclusiones y reflexionar desde distintas perspectivas. Uno de los pensamientos que tuve fue: evidentemente, quienes han respondido son aquellos cuyos intentos fueron fallidos, por fortuna. Pero ¿y los que lograron su propósito? Otra reflexión que quisiera compartir: a veces tenemos noticia de alguna chica o chico adolescente que no parecía tener razón alguna para acometer semejante acto, y sin embargo se han quitado la vida. Entonces nos preguntamos ¿por qué? Y nadie da con una respuesta satisfactoria. Cuando se trata de una víctima de abusos el enigma es bien comprensible, pues una de las características que nos define a la mayoría es haber guardado silencio respecto del hecho traumático que padecimos durante la niñez

Alguien me dijo en cierta ocasión una frase que puede aportar algo de luz con relación a la idea de llevar a cabo el suicidio: -Yo ya estaba muerta; el suicidio era un mero trámite- Es una explicación concisa y acertada, donde la percepción de uno mismo se asocia al vacío, al dolor, a la nada. ¿Para qué continuar, entonces? Seguir viviendo se transforma en una tortura gratuita e insoportable. El suicidio, es cierto, puede ser un acto de desesperación, pero creo que en muchos más casos es un acto de liberación, de ponerle fin a ese dolor insoportable cuyo origen a veces se desconoce y cuya batalla para acabar con él hace tiempo que se dio por perdida.

Junto con los motivos ya expuestos, otro muy común es el de sentirse absolutamente inútil y prescindible. Muchos están convencidos que si desaparecieran nadie los echaría en falta, incluso harían un favor a la familia y a los amigos por librarles de su presencia. Está claro que la autoestima, en estos casos, es inexistente. Uno de los principales problemas asociados al abuso sexual infantil es que la víctima queda anulada. En su infancia no posee las herramientas para defenderse ni para entender que le está sucediendo, y quienes deberían erigirse como sus defensores, o sea su familia, son en muchas ocasiones quienes cometen el abuso. Además, cuando el abuso sexual es intrafamiliar hay grandes probabilidades que el mismo se prolongue durante años, pues el agresor tiene total acceso al menor y todas las posibilidades para imponer su autoridad. Para hacernos una idea, hice otra encuesta relacionada con la duración de los abusos. Sólo un dato: un 26% dice haber padecido abusos durante más de 8 años. Con el paso del tiempo la capacidad del niño para rebelarse termina por desaparecer, aceptando con sumisión la realidad que le ha tocado vivir. En ocasiones no ha conocido otra.

La impotencia y la soledad son sensaciones que se exacerban y te arrastran a ese pozo sin fondo. Decía una buena amiga: -intentas buscar eso que los demás dicen que existe; esa puerta que se abrirá tarde o temprano, ese olvido que te permitirá seguir adelante, ese “tiempo” que todo lo cura… pero no ves nada- Y esa incapacidad para percibir esas cosas que para los demás son tan claras y evidentes no hace más que aumentar el convencimiento de que no vales para nada, de que ni siquiera eres capaz de ver eso que los demás ven con tanta claridad.

Decía antes, refiriéndome a la primera estadística, que por fortuna muchas personas no habían logrado su objetivo, sin embargo en muchos casos existe un factor negativo más que añadir a la ya de por sí extensa lista de dificultades que superar. Ante un intento de suicidio muchos se han visto descubiertos. Por una u otra razón se ha hecho público su acto. Y como decía una compañera que vivió estas circunstancias: -de pronto dejas de tener nombre para convertirte en “la que se intentó suicidar”. Ahora eres quien se tomó las pastillas, quien se tiró… y entonces tienes que soportar las caras de la gente; unas de lástima, otras que te observan como si fueras un espécimen extraño, otras de dolor, el de la gente que te quiere, pero en todas ellas ves la incomprensión y la pregunta sobre el por qué has llegado a eso- Eso es lo que sucede en el exterior, pero la situación familiar no es mucho mejor.

Otra compañera sintetizó muy bien el proceso por el que se va gestando la idea hasta los momentos finales: -yo recuerdo primero miedo por los pensamientos que tenía, por ser capaz de llegar a ese punto. Pero una vez superado aparece la obsesión por buscar todo tipo de información para seleccionar el método más adecuado; tenía muy claro que no iba a tirarme de un piso, me faltaría el valor. Buscaba algo sencillo, indoloro, y a ser posible rápido. Después el nerviosismo por la decisión tomada, y pasados unos días y a medida que se acercaba el momento, mucha calma, mucha seguridad, pero también recuerdo mucha tristeza-

Hay gente que quedó atrapada en el pasado, que sufrió lo indecible, que ya no es capaz de generar recursos que le permitan escapar de esa cárcel, y es ahí, en el pasado, donde hay que buscar la llave. Decirle a un posible suicida que todo tiene solución, que ya vendrán tiempos mejores o que te quedan muchas cosas por vivir, no sirve para nada.

La otra cara de la familia

Publicado por jmontane el Miércoles, Octubre 1st, 2008 a las 10:51

La familia tal vez sea una de las instituciones más sólidas y necesarias para comprender porque el ser humano es como es. Pero el ser humano, sin querer entrar en honduras psicológicas o religiosas, es imperfecto. Algunos más imperfectos que otros, también hay que decirlo. Y estando formada la familia por hombres y mujeres es obvio que dicha institución también puede ser imperfecta, y muy imperfecta en ocasiones.

Quiero hablar sobre lo que conozco; los abusos sexuales en la infancia y la relación que estos tienen con la familia, y no sólo porque el propio agresor pueda ser un miembro de la misma, lo cual ocurre en más de la mitad de los abusos sexuales a menores, sino por el papel que desempeña en estos casos el resto de la familia. Estas situaciones, aunque yo las ubique en al ámbito del abuso sexual, es muy probable que puedan extrapolarse a otras situaciones más o menos traumáticas en que puedan producirse comportamientos similares.

Cuando uno oye las noticias y se habla, cada vez más, de algún caso de abuso sexual todos coinciden en decir que “a este se la cortaba”, “hay que matarlos” o “que no salgan nunca más de la cárcel”. Jamás he oído nadie que dijera “Bueno, tampoco es para tanto”, por decir algo. Parecería que hay un consenso casi absoluto respecto de este asunto. ¿Sí? ¡Me río yo de ese consenso! Es cierto que cuando las cosas les pasan a los demás a todos nos resulta muy fácil tomar partido, pero ¡qué diferente es cuando nos sucede a nosotros! Es evidente que sostengo esta postura porque poseo mucha información al respecto, de lo contrario no me atrevería, ya que soy consciente de que no es políticamente correcto denostar a según que instituciones. En realidad tampoco es que sea este mi propósito; simplemente pretendo dejar constancia de un hecho que conozco mejor de lo que quisiera.

¿Qué ocurre en el seno familiar cuando alguien pone sobre la mesa que en su infancia fue abusado sexualmente? Pues depende de muchos factores, por supuesto. Uno de los importantes es si el abuso fue perpetrado en la propia familia o bien se produjo por un elemento externo. Si el agresor fue un familiar también tendrá mucho que ver si este familiar pertenece al núcleo más cercano o por el contrario si es un pariente más o menos lejano. Todo esto, por supuesto, se desarrollará de una u otra manera según sea la “salud emocional” de la que goce cada familia. La situación más problemática es la que tiene como protagonista del abuso a un miembro del entorno más próximo del niño, siendo el ejemplo paradigmático, y también el más frecuente de todos, el padre o el padrastro. Antes de entrar en mayores profundidades es importante señalar que una familia donde el padre abusa sexualmente de su hijo ya cuenta con muchos números para obtener el calificativo de familia disfuncional. De todos modos eso no quita que en muchos casos, a pesar de que a más de uno le cueste creerlo, estos abusos no son conocidos por el resto de la familia.

A decir verdad, si no hay más conflictos familiares es porque el sobreviviente de abusos suele llevarse su secreto a la tumba. Y así le va. Quizá hoy en día, y gracias a que cada vez hay una mayor y mejor información, más sobrevivientes se atreven a dar este paso. Muchos no lo dan, precisamente, para no “dañar” a la familia, cuando en la mayoría de casos, paradójicamente, sucede justo lo contrario; es la familia quien revictimiza a quien se atreve a enfrentarse con su pasado. Y ahí está el problema. Enfrentarse al pasado significa también enfrentarse a la familia. ¿Quién se acuerda entonces de las frases “hay que cortársela” o “a la cárcel con él”? No, casi ninguna familia adopta esta postura. En el mejor de los casos se te reconoce que fue terrible pero que es mejor olvidarse de ello y seguir adelante. Pero claro, eso no es lo mejor para quien fue la víctima; eso es lo mejor para los intereses del ente familiar. Entonces aparece esa fachada de “familia feliz” que se torna como un muro infranqueable. Y también aparece el chantaje emocional. Ahora ya no somos víctimas, ahora, casi sin darnos cuenta, nos han convertido en elementos perturbadores que actúan buscando venganza y cuya única pretensión es destruir a la familia. Estábamos mejor callados. Por supuesto; estábamos mejor cuando nos autodestruíamos nosotros solos, cuando éramos el cubo de la basura de todos, pero cuando descubrimos y hablamos sobre la procedencia de toda esa mierda entonces ya no interesa lo que decimos.

Lo mejor que puedo decir es que la postura mayoritaria es ambigua y si se fuerza mucho la situación puede convertirse fácilmente en hostil. Es posible que algunos familiares se posicionen al lado del sobreviviente, también es un hecho, pero por lo general se trata de los familiares menos directos. En cualquier caso pocos serán los que luchen por nosotros, y si decidimos llegar hasta el final, entonces hay grandes probabilidades de que tengamos que elegir entre nuestra familia o nuestra dignidad.

Esta es una realidad bastante desconocida, y para mí, darla a conocer, no es ninguna cuestión de posibles venganzas o rencores, ni mucho menos. Al fin y al cabo todos esos sentimientos sólo perjudican a quien los siente, así que siempre es mejor evitarlos. Se trata, eso sí, de hablar de las cosas tal como son, y no como nos gustaría que fueran. También es cierto que hay familias que no actúan de este modo. Conozco madres que han denunciado a su pareja y han defendido al niño contra viento y marea. Y no es poco es precio que han tenido que pagar. Es lo que haría cualquier madre, argumentará más de uno. Desgraciadamente no es así. Pero al mismo tiempo también quiero decir que hay madres que después de muchos años se han posicionado con su hijo y en contra de su pareja, como ha sido mi caso. Pero la experiencia y el conocimiento de muchos otros casos me habla de otra realidad; otra realidad dolorosa y oculta, pero cierta.

Dependencia

Publicado por jmontane el Viernes, Septiembre 26th, 2008 a las 9:42

¿Qué somos? ¿Cuál es nuestro valor como personas? Y lo que es más importante ¿cómo establecemos dicho valor? No son las respuestas tan sencillas como parecen. Sin entrar en mayores complejidades podríamos otorgarnos un valor concreto basándonos en nuestra propia auto consideración, algo poco objetivo, sin duda, pero ¿acaso sería mejor basarnos en el criterio que sobre nosotros tengan los demás? En realidad, aunque nos cueste reconocerlo, solemos esperar que nuestros actos tengan su correspondiente reflejo en los demás, y según sea el mismo formarnos un determinado valor. Este mismo escrito, sin ir más lejos, puede proporcionarme un determinado grado de satisfacción, o incluso no proporcionarme ninguno, dependiendo de mi autoexigencia. Ahora bien, si hay un número importante de lectores que lo ensalzan o que lo ponen a parir, casi es inevitable que ese valor previo pueda verse alterado en mayor o menor medida. Dicha medida tendrá mucho que ver con la fuerza que tiene el criterio de cada cual. Si soy un ser muy dubitativo y mi autoestima se tambalea a la más mínima, las opiniones ajenas pueden modificar considerablemente mi punto de vista inicial, y por el contrario, si mi criterio es firme, las opiniones ajenas, sean en el sentido que sean, no introducirán grandes cambios en mi auto valoración.

Puesto que ya he empezado a ponerme a mí como ejemplo, sigamos haciendo uso de mi propia experiencia para interpretar determinadas circunstancias, una experiencia que refleja de un modo muy claro una parte de lo que pretendo transmitir.

En mi infancia fui víctima de abusos sexuales, como ya he mencionado exhaustivamente en otros artículos. Este fue un hecho que guardé en secreto hasta los treinta y ocho años. Siempre creí que me lo llevaría a la tumba, por lo que revelarlo supuso un profundo cambio en mi vida; un cambio que aún hoy sigue marcando mi destino. Fui a una asociación que se ocupaba del tema y empecé a tomar las riendas de mi vida. El caso es que mi familia y mi entorno más cercano, ante tan devastadora noticia, reaccionaron de un modo más bien ambiguo. Uno espera que se produzca una especie de terremoto o algo parecido, sin embargo no fue así ni por asomo. No es que me echaran abiertamente la culpa o dijeran que hubiera sido mejor permanecer callado, como ha sucedido en otros casos que conozco demasiado bien. No, en mi caso existía esa conocida actitud de vamos a hacer como si no hubiera ocurrido nada. Pero eso no iba a durar demasiado tiempo ya que no mucho después, a quienes en aquel momento estábamos en la asociación para la prevención y ayuda para los abusos sexuales en la infancia, nos ofrecieron la posibilidad de participar en un reportaje gráfico donde se trataría este asunto. Junto a otros tres acepté prestar mi imagen y dar mi testimonio. Cuando en un mes de noviembre de 2002 mi foto apareció en el Magazine ocupando una página entera, cambiaron las actitudes. Ahora el asunto sí había adquirido una importancia que poco antes no parecía tener. ¿Y cuál era el cambio? Pues que miles de potenciales lectores se posicionaban claramente, sin necesidad alguna de ser ambiguos.

Cuando los demás le otorgan un valor concreto a un hecho, actitud o comportamiento,  otros tantos se adhieren por comodidad, falta de criterio o de conocimiento y adoptan ese mismo valor. Existe una especie de dependencia a la mayoría; si todos dicen o hacen tal cosa es que debe estar bien o debe ser así. En el ejemplo que he puesto digamos que el cambio entraría en la lógica. Mientras que el entorno cercano prefería pasar por ignorante y evitar una realidad incómoda que no sabían por donde cogerla, la prensa, con todo su poder de convocatoria y de denuncia, puso en evidencia lo terrible de esas situaciones. Con ese cambio radical de la realidad resultaba mucho más difícil acogerse a la ambigüedad o a la evitación. En este caso las adhesiones no se producen tanto por comodidad como por obligación.

En este ejemplo de los abusos sexuales se aprecia claramente lo que quiero decir cuando nos dejamos influir por la reacción que tienen los demás en nuestra posterior reacción y aceptación de la realidad. También quisiera decir que este es un ejemplo positivo, pues la denuncia que planteaba el reportaje obligó a que la actitud ambigua imperante hasta entonces, se enfrentara con una realidad que ya no podía dejar indiferente a nadie. No puedo pasar por alto, no obstante, el hecho contrastado de que las actitudes son muy distintas cuando nos afectan de un modo directo a cuando no lo hacen. Podemos ser muy claros y muy tajantes cuando hablamos de las cuestiones ajenas, pero lo somos bastante menos cuando se trata de las propias.

El problema es la dependencia que generamos en relación con otros aspectos más negativos. Yo hablaba de un mensaje donde se decía que los abusos sexuales son “algo malo” y donde esa dependencia hacia opiniones mediáticas podía ser útil. Podemos convenir en que las cosas no deberían ser así, sino que es el criterio individual el que debiera bastar para formarse una opinión sobre cualquier experiencia de nuestra vida.

Nuestro criterio, demasiadas veces, busca adaptarse y ser aceptado. Si lo que pensamos no encaja con lo establecido y el esfuerzo para mantener nuestra postura supone grandes sacrificios optamos por el cambio, no vaya a ser que nos echen de la manada. Somos seres gregarios y buscamos socializarnos, lo cual no es negativo en principio, pero sí puede llegar a serlo cuando el precio significa renunciar a nuestro criterio y a lo que, en definitiva, hace que seamos lo que somos.

 

 

 

 

 

 

 

Sexualidad en adultos sobrevivientes de abuso sexual

Publicado por jmontane el Viernes, Septiembre 26th, 2008 a las 9:41

La sexualidad humana es un asunto que tiene tantas interpretaciones como individuos. Sin embargo hay factores pueden ser muy influyentes a la hora de determinar aspectos de nuestra sexualidad. Parece poco discutible que los abusos sexuales padecidos durante la infancia (ASI) sean uno de los aspectos más drásticos e intrusivos, y por lo tanto, uno de los que más puede modificar nuestra realidad y nuestra percepción en relación con el sexo.

La relación que establecemos las personas sobrevivientes de ASI con la sexualidad dista bastante de lo que podríamos considerar como normal, por lo que suele ser común que se halle situada en los extremos. Así pues, algunas veces se cae en la más absoluta promiscuidad y otras tantas manifestamos un rechazo más o menos acusado a todo lo referente al sexo. Ambas posturas, a pesar de ser opuestas, son perfectamente explicables.

Es probable que el rechazo sea más fácil de entender. Frente a unos abusos sexuales reiterados que, por la edad, no pueden ser interpretados ni procesados en modo alguno por el niño, lo que se hace es archivarlos en la mente, asociando el sexo con algo horrible. Aunque más adelante la madurez nos permita reinterpretar muchas cosas, lo cierto es que ese mensaje que grabaron a fuego en nuestra infancia puede llegar a tener un poder devastador. A partir de ahí pueden aparecer patologías como el vaginismo u otras secuelas, entre las que también se encuentra una ausencia total de contacto con el sexo; incluido con uno mismo. De hecho es un comentario frecuente decir que se siente asco hacia el propio cuerpo.

Si todo lo anterior es como lo hemos explicado, que lo es, ¿como podemos explicar también lo contrario? Aunque ocurre con menor frecuencia, también es bastante habitual que las personas abusadas caigan en una promiscuidad descontrolada. En este sentido me permito traer a colación un estudio estadístico que se hizo con prostitutas. Según el mismo, un 60% de las encuestadas manifestaron haber padecido abusos sexuales en su niñez. Debemos tener en cuenta que buena parte de los abusos sexuales no se llevan a cabo mediante el uso de la violencia. El adulto, por lo general un familiar, tiene suficiente con las armas que le confiere su autoridad sobre el menor. Y no sólo eso; si es necesario se hace uso del chantaje, de las amenazas y, lo que nos interesa en este caso, del cariño. Cuando se trata de abusos intrafamiliares, sobre todo, el mensaje que se traslada al menor es que se le hace todo eso porque es especial y porque se le quiere. Puede ocurrir, entonces, que entre otras muchas secuelas, también esté la de relacionarse con los demás a través del sexo; es decir, la persona abusada termina auto convenciéndose que, o bien sólo sirve para eso, o bien que esta es la manera de expresar afecto, cariño o amor. Es, en definitiva, la que se ha adquirido mediante este aprendizaje tan doloroso como erróneo. Igualmente se pueden dar desórdenes como la masturbación compulsiva o una adicción al sexo. Y también al sexo de pago, lo que añade una carga económica al problema.

Otra dificultad que aparece en nuestra vida con una mayor incidencia que el resto de la población versa sobre nuestra orientación sexual. Es normal que a ciertas edades uno pueda tener ciertas dudas, sin embargo en nuestro caso las dudas pueden permanecer flotando en nuestra mente durante mucho tiempo. En un foro sobre ASI que administro he confeccionado diversas estadísticas. Una de ellas buscaba respuestas sobre este asunto. Los resultados nos hablan de un 6% homosexual y otro 6% bisexual. Estas cifras habría que cotejarlas con el resto de la población para comprobar si realmente la incidencia es significativa. Las cifras no parecen indicarlo, desde luego, sin embargo las dudas de las que hablaba antes creo que son más acusadas en nuestro colectivo.

Decía al principio que una de las complicaciones más graves que comporta el ASI respecto de nuestra sexualidad es lo intrusivo que puede llegar a ser. Cuando en nuestra vida se ha producido un hecho traumático, algunos elementos asociados al trauma, mucho tiempo después, pueden hacernos reexperimentar las sensaciones negativas que vivimos en el pasado. Es decir, si de niños tuvimos malas experiencias con el agua porque estuvimos a punto de ahogarnos, por poner un ejemplo, ese miedo puede seguir latente y manifestarse en ocasiones donde el agua sea protagonista. En nuestro caso, al tener una experiencia tan negativa con el sexo, también ocurre que la relaciones que podamos tener con una pareja de la que, además, estemos totalmente enamorados, nos puede retrotraer al pasado y a las imágenes, olores, sensaciones o incluso colores que asociamos con los abusos padecidos en la niñez, dando al traste con un momento que debería ser todo lo contrario. Muchas personas manifiestan que muchas veces son incapaces de realizar el acto sexual con su pareja, otras están ausentes durante el mismo o bien en un momento dado salta el interruptor de los recuerdos y se echa todo a perder. Y otras tantas dicen que después de hacer el amor sienten ganas de llorar.

Es lógico que el sexo sea uno de los aspectos más dañados en las personas que fueron víctimas de abusos sexuales, pero a pesar de ello y aunque no sea nada fácil, también puede superarse.

Abuso sexual infantil en el nuevo siglo

Publicado por jmontane el Viernes, Septiembre 26th, 2008 a las 9:40

El abuso sexual infantil (ASI) está pasando por un proceso que algunos llevábamos esperando desde hace tiempo. El proceso no es otro que adecuarse a la realidad; una realidad que está rompiendo el tabú social hasta el punto de que todos empiezan a adquirir conciencia de la verdadera magnitud de este problema. Cierto es que aún podemos encontrar personas que mantienen ideas erróneas sobre los ASI, sin embargo estamos en el buen camino: en el de la información y el conocimiento.

Mi particular cruzada se inició allá por el año 2001. Fue entonces cuando por primera vez revelé haber sufrido abusos sexuales por parte de mi padre. Atrás quedaban 38 años de silencio. Años de vergüenza, de miedo, de secretos y de una vida malgastada por culpa de unos hechos que era incapaz de asociar con lo que me estaba ocurriendo en mi adultez. Tardé varios meses en asimilar lo que un hecho traumático de este tipo puede provocar en la vida de una persona. Al fin y al cabo yo me consideraba normal. Claro que cuando echo la vista atrás veo cualquier cosa menos una personal normal. En ningún caso era consciente de la gravedad de mis problemas, y menos aún del origen de los mismos.

Tuve la inmensa fortuna de hallar en mi ciudad la única asociación que se ocupaba de este asunto en toda España. Llegar ahí fue mi salvación. Descubrir que había otras personas que habían pasado por lo mismo, que tenían parecidos sentimientos y sensaciones y que, en definitiva, me hacían sentir que no era un bicho raro, fue un auténtico descubrimiento y una liberación.

Desde aquel día han pasado muchas cosas, quizá demasiadas como para enumerarlas en este artículo. Supongo que, en cierta manera, podría decir que me apunté de un modo entusiasta a la cruzada por conseguir que los ASI sean considerados como lo que realmente son; un problema que afecta y mucho a la sociedad en su conjunto.

Al poco tiempo de asimilar mi propia realidad me propusieron participar en un reportaje. Accedí y aquello significó un punto de inflexión en mi propia historia. A partir de ahí se iniciaron proyectos que siguen en marcha y que cada vez tienen más dinamismo y repercusión. A finales de 2002 puse en marcha un foro en el que pudieran participar los sobrevivientes adultos de ASI, ya que apenas había lugar al que pudieran acudir. Por otra parte un foro asegura el anonimato, una cuestión muy importante para alguien que, posiblemente, aún no le ha dicho a nadie lo que sucedió en su infancia. En ese espacio cibernético puede compartir por vez primera esas sensaciones que no se atrevía a relatar a nadie. Ahí encuentra el apoyo y la comprensión que no pensaba hallar en ningún sitio. Ahí es escuchado y en ningún caso juzgado. Y ahí tiene un lugar abierto las 24 horas del día y los 365 días del año. A día de hoy llevamos ya cerca de seis años funcionando y somos una comunidad que se acerca a los 2000 miembros registrados.

También por esa época empezaba a plasmar por escrito lo que había significado haber dado aquel paso tan importante. En un primer momento no tenía previsto que fuera un libro, ni menos aún editarlo, sin embargo estas cosas van como van, y teniendo en cuenta que desde siempre me he considerado escritor, mi destino parecía claro. A finales de 2004 aparecía mi primer libro “Cuando estuvimos muertos”. Hace poco ha aparecido la segunda edición. También en breve saldrá publicado un segundo libro donde he efectuado un exhaustivo análisis de las secuelas que afectan a las víctimas y a los sobrevivientes de ASI. Hago esta distinción entre víctima y sobreviviente porque es algo que me parece muy interesante: cuando yo padecí los abusos en mi infancia fui una víctima. Ahora soy un sobreviviente. La gente que se refiere a sí misma como víctima creo que se equivoca. Está en nuestras manos modificar nuestro destino, y si nos consideramos víctimas, al menos esa es mi opinión, ya empezamos con mal pie.

Durante estos años he intervenido en diversas ocasiones en los medios, tanto en TV, radio como prensa. Los motivos fundamentales son dos: primero demostrar con mi presencia que es posible superar esto y que se puede y debe hablar de ello. Y el segundo es dar a conocer los recursos disponibles. Todavía es largo el camino que queda por recorrer, pero también es cierto que se ha hecho bastante en este sentido. A día de hoy podemos decir que ya están funcionando cuatro asociaciones: Aspasi de Madrid, Gasje de San Sebastián, Acasi de Valencia y Avasi de Bilbao. En estos momentos también estamos tratando de poner en marcha nuevas asociaciones en Alava, en Málaga y en Sevilla.

Consideramos imprescindible que todos puedan acceder a una información veraz y ajustada a la realidad, algo que socialmente no ha sucedido cuando se habla de abusos sexuales a los niños. Y judicialmente todavía es peor. En cierto modo resulta tan atroz esta idea que muchos prefieren creer que estas cosas no ocurren en su entorno. Piensan que sólo se da en ambientes marginales y en familias desestructuradas. Por desgracia la realidad es otra, una realidad que nos habla de familias aparentemente normales. El 60% de los abusos son perpetrados por algún familiar. Ante este dato uno se pregunta ¿es que nadie se da cuenta? La verdad es que esta pregunta me la han formulado más de una vez. Y la respuesta, al menos en mi caso, es no. Y así es; en muchos casos nadie se da cuenta. Volvemos a lo de antes; nadie se imagina que tal cosa pueda suceder en su propia casa, así que si no hay pruebas muy evidentes difícilmente se llega a esa conclusión. Por otra parte el agresor ya se preocupa de que nadie se entere. Al tener la oportunidad de estar continuamente en contacto con el menor puede escoger el momento sin levantar sospechas. Además puede contar casi siempre con la “fidelidad” del menor, ya que este raramente revelará lo acontecido. ¿Por qué? Primero por que se siente cómplice, circunstancia de la que el propio agresor ya se ocupa de que ocurra, después por vergüenza, miedo y sentimiento de culpa. También puede ocurrir que sí existan sospechas sobre el abuso pero que, por diferentes motivos, se prefiera mirar hacia otro lado. No es una postura infrecuente por desgracia. Y por último hablaríamos de los casos donde sí se da alguien cuenta, casi siempre la madre, y entonces se procede a impedirlo por todos los medios, esto es, mediante la ley y la oportuna denuncia. Y ahí volvemos a lo que ya comentaba antes: judicialmente el menor corre el riesgo de revictimización y la madre de ser tratada poco menos que de paranoica o de querer sacar algún provecho por esta denuncia. En definitiva, lo tenemos bastante mal.

Hay otros aspectos del abuso sexual que no se corresponden con la realidad, como por ejemplo que dichos abusos pueden ocurrir con las niñas pero casi nunca con los niños. Es cierto que se dan más casos de niñas, pero la diferencia no es tanta: un 23% contra un 15% aproximadamente. También quiero remarcar que los abusos ocurren con independencia de la clase social o del lugar. Muchos se imaginan al abusador como alguien depravado, antisocial, marginal, etc. cuando en realidad se trata de personas integradas socialmente, con familia y que no llaman la atención en absoluto. En más de una ocasión me han preguntado sobre el perfil del agresor, y la respuesta es que no hay perfil.

El abuso sexual es, por encima de cualquier otra consideración, un abuso de poder que se ejerce sobre alguien más débil. Las consecuencias para el menor pueden ser devastadoras. Y las secuelas que arrastraremos de adultos pueden ser igualmente terribles. En este sentido, y sirva como ejemplo, en el foro del que antes hablaba hice una encuesta sobre algo que siempre me ha llamado mucho la atención: el suicidio. Ha habido 152 participaciones, lo cual tal vez no sea una cifra lo suficientemente alta como para sentar precedente, no obstante sí me parece aceptable para marcar una tendencia, y más tratándose de personas que conozco en su mayoría y por lo tanto de total fiabilidad. La pregunta fue quien ha intentado suicidarse en una o más ocasiones, sin tener en cuenta ideas o fantasías sobre el asunto. El resultado ha sido de un 61% de personas que lo han intentado y un 39% que jamás lo intentaron. Con estas cifras sólo quisiera llamar la atención sobre la gravedad de los abusos sexuales a la infancia, de que a todos nos corresponde hacer algo al respecto, y en primer lugar a las instituciones que nos representan.

Pedófilos y pederastas

Publicado por jmontane el Domingo, Septiembre 21st, 2008 a las 10:33

Hasta no hace demasiado tiempo el abuso sexual infantil era un asunto bastante desconocido. En este sentido es justo reconocer que hemos avanzado mucho, lo que en ningún caso debe hacernos perder de vista el camino que aún queda por recorrer.

En la actualidad raro es el día en que no aparece en los medios de comunicación algún nuevo caso de abuso sexual infantil (ASI), sobre todo relacionado con las redes de pederastia que actúan y proliferan cada vez más en la red. Cierto es que también se habla de otros casos de ASI, sin embargo a veces tengo la impresión de que se está trasmitiendo la idea de que internet es un lugar peligroso, y que buena parte de los abusos sexuales están relacionados con esta nueva realidad tecnológica. Me proclamo como uno de los más interesados a la hora de desmentirlo, primero porque ha sido gracias a internet que se han podido abrir asociaciones por toda España; asociaciones que se ocupan de los niños y de los adultos que en su día fueron víctimas de esta lacra, y segundo porque también gracias a la red existe un foro internacional que lleva funcionando casi seis años y que agrupa a más de dos mil afectados, sirviéndoles de ayuda, de apoyo y de información constante y veraz.

Quizá lo más importante y que convendría dejar claro es que el conocimiento que ahora podemos tener sobre este asunto es un tanto equívoco. La sociedad sigue dando por ciertos demasiados conceptos erróneos, y éste es uno de ellos. Los casos de pederastia son la punta del iceberg de un problema que ha existido siempre. Algunas veces me han preguntado si creo que ahora hay más casos que antes. La respuesta es no, al menos no proporcionalmente; lo que hay ahora es más información. Pero volviendo al iceberg debo remarcar que su parte oculta, la de mayores dimensiones, es la familia y el entorno más cercano al menor. Basándome en mis propias cifras, extraídas de encuestas efectuadas en el foro, puedo apuntar que aproximadamente un 60% de los abusos se perpetran en el entorno familiar, un 30% proceden de conocidos con acceso al menor (maestros, sacerdotes, amigos de la familia…) y apenas un 10% se lleva a cabo por extraños.

No digo que en un futuro más o menos próximo estas cifras deban revisarse y modificarse al alza, incluso es muy probable que ya se estén alterando en el presente, aún así las cifras no distan mucho de las que acabo de mencionar. No debemos caer en la ingenuidad; si la tecnología puede servirnos como un instrumento para hacer el bien, también puede utilizarse para todo lo contrario.

Muchas veces se habla de pederastas y de pedófilos indistintamente, como si se tratara de lo mismo. Por desgracia ya se han convertido en términos de uso habitual en nuestro vocabulario cotidiano, sin embargo conviene saber que existen importantes diferencias que deberíamos conocer y aplicar cada vez que hablemos de ello.

Todo aquel que abusa de un niño es un pederasta, aunque no necesariamente un pedófilo, lo que significa que puede llevar una vida sexual perfectamente normal con su pareja o con quien sea, y mantenerse lejos de cualquier sospecha. No le gustan con exclusividad los menores, sino que suelen aprovecharse de las ocasiones (de ahí que se defina como un abusador ocasional) si estas se dan o si no le resulta demasiado complicado procurárselas. En este grupo estarían representados una buena parte de los familiares y de las personas cercanas al menor. Que se les defina como abusadores ocasionales no quiere decir que entrañen un menor peligro. En muchos casos es justo lo contrario, pues teniendo como tienen acceso continuado al menor, los abusos pueden prolongarse a lo largo de muchos años, lo que suele ser un factor agravante en relación con las secuelas que puede desarrollar el menor en el futuro.

Entre los pederastas también puede haber pedófilos, cuya definición sería la de personas que se sienten atraídos única y exclusivamente por menores. Cuando este tipo de pederasta pasa a la acción buscará a cualquier precio relacionarse con menores, de ahí que sea frecuente que busquen actividades o trabajos que les faciliten el contacto con los niños. Digo cuando pasa a la acción porque un pedófilo no necesariamente pasa siempre a la acción. Entre los pedófilos puede existir, y de hecho existe, la conciencia de que su comportamiento no es el correcto, sin embargo no pueden evitar sentir lo que sienten. Los pederastas, al contrario, no sienten empatía alguna. Incluso los pederastas/pedófilos justificarán sus actos y algunos todavía pretenderán que su comportamiento sea reconocido y normalizado socialmente.

Otro aspecto que conlleva no poca polémica es la posibilidad de que un pederasta pueda reinsertarse en la sociedad. En este sentido creo que debemos ser drásticos. La mayoría de los expertos en la materia coinciden: se trata de una posibilidad muy remota. Eso no significa que debamos oponernos a cualquier intento, ya que rehabilitar a un pederasta, aunque sea uno de cada cien, significará que hay un depredador sexual menos en nuestra sociedad. Por desgracia los resultados son los que son, y estoy convencido que los pederastas que la justicia “devuelve” a la sociedad, en una cifra muy cercana al 100%, regresarán igual o peor de lo que estaban antes. Así pues, en caso de no lograr el objetivo, sería lógico y de justicia que estas personas sean apartadas de la sociedad hasta que no se constate fehacientemente que no suponen un peligro para los menores, y si esto supone una cadena perpetua o una reclusión de por vida en centros especializados, que así sea. No me opongo a que las leyes intenten reinsertar a quienes van a parar a la cárcel, al contrario, pero en caso de no lograrse y quedar demostrado que es así porque lo afirman quienes están capacitados para hacerlo ¿cómo es posible que se pase por alto la protección a los ciudadanos? Es inconcebible que se deje en libertad a personas que todos sabemos que van a volver a atentar contra los niños. Eso es lo que dicen las leyes, se argüirá. Pero si el sentido común nos dice otra cosa ¿no será que debemos modificar las leyes?

 

 

Los abusos sexuales y los números

Publicado por jmontane el Viernes, Agosto 22nd, 2008 a las 19:45

En los más de siete años que llevo batallando con este asunto tan complejo he vivido cambios realmente importantes, como el reportaje publicado en el Magazine de 2002 o la participación en el documental “Infancia rota” de Documentos TV. Tantos años de silencio, de miedo y de culpabilidad estaban dando paso a una nueva percepción de esta realidad. Este secreto a voces que afecta y que ha afectado a tantas personas ha empezado a reclamar el protagonismo que se merece en la sociedad.

A finales de 2002 ponía en marcha el foro, un lugar de referencia en la red que aglutina ya a dos mil personas de nuestro ámbito hispano hablante. En 2004 publicaba mi primer libro “Cuando estuvimos muertos” y en este año 2008 ha salido la segunda edición (libros en red). Igualmente este año aparecerá mi segundo libro “Los niños que dejaron de soñar” publicado por ediciones Mandala.

En estos años han sucedido muchas cosas. Los casos de abuso sexual están cada vez más a la orden del día. Sobre todo los que afectan a la internet. No es que ahora suceda más que antes, asunto sobre el que me han preguntado en múltiples ocasiones; simplemente se habla más de ello. Es como si de repente la sociedad descubriera que en nuestras familias ocurren estas cosas, que no es algo que sólo suceda en ambientes desestructurados, marginales, de pobreza, incultura, etc. Ocurre en las familias normales y por desgracia no se trata de algo anecdótico.

También he intervenido a menudo en los medios, siempre tratando de sentar unas bases de realidad y de promocionar aquellos recursos que considero esenciales. De hecho ha servido en gran medida para que nuestro movimiento asociativo crezca y cada vez tengamos más fuerza y más recursos. En España se han puesto en marcha cuatro asociaciones y hay previsiones para iniciar dos más. Este es uno de nuestros principales objetivos, aunque no debería ser sólo nuestro, sino de la sociedad entera. Este es un problema que nos afecta a todos. En este sentido hablaba hace unos días con Marga, presidenta de la asociación ASPASI de Madrid. Me comentaba que ya no le quedaba dinero y que para septiembre se vería obligada a pedir un préstamo. Su actitud es encomiable, pero al mismo tiempo me desespera esta realidad. ¿Es que en Madrid no hay la suficiente gente solidaria para sostener una asociación tan altruista como necesaria? Una asociación, por encima de todo, necesita socios. Esas pequeñas aportaciones son imprescindibles, pero también el número de personas implicadas en estos proyecto son la piedra angular para que estoy proyectos sigan adelante. Si algún madrileño lee esto le recomiendo que visite la página: http://www.aspasi.es

Decía que pronto aparecerá mi segundo libro. El objetivo del mismo es hablar de las secuelas. Las cifras pueden reflejar la realidad mejor que las palabras muchas veces. Las que muestro a continuación fueron tomadas de los miembros del foro. A pesar de que las cifras puedan parecer algo limitadas, la participación gira en torno a las 150 personas, puedo asegurar que son absolutamente fiables y que, en cualquier caso, muestran una tendencia que responde sin ninguna duda a la realidad.

En el foro se habló del suicidio desde un primer momento, así que también fue una de las primeras encuestas que hice. En ella se preguntó quien lo había intentado (no pensado o fantaseado) una o más veces:

SI: 61%

NO: 39%

Incluso a mí me parece una cifra turbadora. Y lo que es más triste; me hizo pensar en los que sí lograron su objetivo.

 

¿A qué edad empezaron los abusos? Las respuestas:

Antes de los 3 años: 10%

De 3 a 7: 57%

De 7 a 11: 23%

Más de 11: 10%

Muchos creen que los abusos son llevados a cabo por algún extraño, ajeno a la familia o al entorno del menor. Nada más lejos de la realidad:

Un familiar: 62%

Un conocido: 27%

Un extraño: 5%

Una agresora: 6%

En este punto cabe señalar que la agresora, al menos en esta encuesta, también era un familiar, por lo que podría añadirse indistintamente al primer punto.

 

Los abusos raramente constituyen un hecho puntual que padeces en un momento de tu vida. De ahí la siguiente cuestión:

Menos de 1 año: 17%

Entre 1 y 4 años: 22%

Entre 4 y 8 años: 16%

Más de 8 años: 26%

No lo recuerdo: 19%

Muy destacable el hecho de que uno de cada cinco sea incapaz de recordar lo que duraron los abusos. Los problemas con la memoria son muy frecuentes entre las personas ASI.

La mayoría tiende a creer que el ASI es poco frecuente, de ahí que la idea de que un niño sea abusado por más de un adulto todavía le parecerá más inconcebible. Veamos las cifras:

Fui abusado por 1 persona: 56%

Por 2 personas: 22%

Por 3 personas: 10%

Por 4 o más personas: 12%

 

Creo que con esta pequeña podemos hacernos mejor a la idea de lo que son y de las graves consecuencias que se derivan de los abusos sexuales a la infancia.

Gracias a la ayuda incondicional de Dulce, a quien agradezco sus esfuerzos y quien también administra el foro junto a mí, hace poco se puso en marcha una web donde se aglutina toda la información que consideramos más relevante: http://www.jmontane.es

 

Buenos y malos

Publicado por jmontane el Viernes, Agosto 22nd, 2008 a las 18:33

La forma más honesta de empezar es diciendo que es harto difícil establecer que es la bondad y que es la maldad. En alguna parte escribí una frase que viene al pelo en este artículo: El ser humano no es más malo porque no se atreve. Y ciertamente creo que hay motivos para pensar que sea así. Si nos sintiéramos liberados de todas las leyes, restricciones y condicionamientos morales, éticos y religiosos nuestra conducta sería muy diferente. Y no para bien. Aunque claro, volvemos a lo mismo ¿Qué es el bien? Y si el bien es algo ¿Qué provoca que seamos buenos o malos? ¿Interpretamos todos estos conceptos de igual manera? Lo dudo. En realidad no sólo existen grandes diferencias individuales, sino que sociedades enteras han concebido estos términos de un modo que hoy nos parecería inconcebible e inaceptable.

El bien y el mal no van más allá de una mera convención a la que se llega por un consenso más o menos sobreentendido, un acuerdo por el que se establecen una serie de reglas a la que todos nos sentimos obligados a atenernos. Bueno, no todos. En cualquier caso eso es el bien. Pero no nos engañemos; tampoco lo es en sí mismo; lo es porque hemos decidido que así sea. Ni más ni menos. Eso sí, transgredirlas nos convierte automáticamente en malos.

Si  hoy quemáramos a una mujer porque renegara de Dios y la consideráramos una bruja (la mujer: otro tema) nos condenarían por asesinato o, en el mejor de los casos, nos recluirían en un sanatorio mental. Sin embargo, apenas unos cientos de años atrás eso hubiera estado bien. Y no sólo eso; también contaría con la aprobación de la iglesia. Y ya que hablamos de la iglesia, podríamos volver nuestra atención a su libro sagrado: la Biblia. Ahí la confusión entre el bien y mal termina convirtiéndose en una maraña absolutamente inextricable. Por fortuna para los creyentes está la fe, un sentimiento capaz de pasar por encima de cualquier hoguera y salir incólume. Sino ¿cómo explicar un mandamiento divino como el de no matarás cuando en los primeros libros de la Biblia, el Pentateuco, hay asesinatos despiadados y sin sentido por doquier? Y lo que es peor; asesinatos promovidos y ordenados por Dios. El creyente, como no puede ser de otro modo, argüirá que si Dios lo ordenó sería porque se lo merecían. Pero eso es algo muy difícil de creer, si dejamos a un lado la fe, cuando las órdenes de aniquilación incluyen a hombres, mujeres, niños y hasta animales. Y no es un capítulo o un hecho aislado, sino que sucede con mucha frecuencia. Basta leer la Biblia para comprobarlo.

Teniendo en cuenta que nuestra moral parte de los preceptos anteriormente citados es comprensible que tengamos serios problemas para determinar en qué consiste el bien y el mal. Pero es que el problema todavía es más serio. A decir verdad, creo que el gran problema que tienen el bien y el mal es que no existen, que no es poco. Y como no existen más allá de un continente puramente teórico, es el poder quien los dota de un contenido real e interesado. ¿Y quien es el poder? Bueno, ese es otro tema, pero en cualquier caso es el mismo que mueve los hilos del bien y del mal; político, religioso o ambas cosas a la vez. Así pues, si antes estaba bien quemar mujeres en la hoguera, más adelante no se consideró descabellado eliminar a millones de judíos. De igual manera que hoy en día se invade un país como Irak y se aniquilan cientos de miles de irakíes. Pero claro, han sido las fuerzas del bien quienes han emprendido tan loable acción por un ¿bien mayor? Además son de los nuestros, por lo tanto está justificado porque nosotros, como no puede ser de otro modo, somos los buenos. Y ellos… pues eso, seguro que son malísimos. Y como no: ¡mucho menos importantes que nosotros! Vamos, ¡si es que apenas son humanos! No hay más que ver el tratamiento que les concedemos en las noticias. Cada dos por tres están perdiendo la vida docenas, cientos o miles en guerras, atentados o en todo tipo de desgracias. Y aun así no pasan de ser un triste número que sirve para llenar unos pocos segundos del noticiario y al que nadie presta apenas atención. Ahora bien, cuando este mismo atentado, catástrofe o lo que sea, sucede en un país civilizado (o sea donde vivimos los seres humanos, concretamente los buenos, para más señas) la noticia está dando la vuelta al mundo durante semanas y meses, se celebran aniversarios y se suceden investigaciones de todo tipo, por lo general buscando a un malo a quien cargarle el muerto, lo que además nos servirá como excusa para invadir algún país miserable que no puede oponer resistencia alguna.

Pero el bien y el mal pueden ser también elementos mucho más difusos. De hecho lo son, como ya decía antes. Es realmente complicado aprehender su verdadera esencia, y la razón de que lo sea,  probablemente, obedezca a que no tienen ninguna.

Observemos algo tan simple como el asesinato; algo tan simple y tan complejo. Matar a un ser humano está mal. En eso casi todos hallaríamos consenso. Matar a un perro a un gato o a un caballo también estaría mal, pero mucho menos. Matar una mosca nadie lo consideraría como una acción que tenga cabida en semejante enjuiciamiento, aunque de todos es sabido que la persona incapaz de matar una mosca es la “buena” por antonomasia. La cuestión es que en todos los casos estamos hablando de vida.

En realidad no concebimos la vida como algo único; hay diferentes escalas o categorías, y nosotros estamos en la cima, como no podía ser de otro modo. Pero la naturaleza no hace en absoluto esta distinción; de hecho no hace ninguna. Cada individuo lucha por sobrevivir. Y como mucho por su manada, familia o especie, aunque todo ello ligado siempre al instinto de supervivencia. Y ese es todo el bien que hay.

Lo anterior, lo reconozco, resulta bastante desconcertante, así que mejor será regresar sobre nuestros pasos e intentar ser algo más “humanos”. Vamos a dar por sentado que existe una cierta idea del bien y del mal que todos aceptamos y compartimos. Es decir, regresemos al planeta Tierra que todos conocemos. Aunque también aquí existen grandes contradicciones, y es donde mejor se puede aplicar y más sentido tiene esa frase que escribía en los primeros párrafos de este artículo.

En mi opinión hay unas pocas personas esencialmente “buenas”, unas pocas personas esencialmente “malas” y una enorme mayoría con una tendencia variable a ir por donde sople el viento. Si los “malos” se hacen con el poder y dictaminan que es lo que está “bien”, gran parte de esa mayoría adoptará esa nueva idea del “bien”. En este sentido aconsejo una película que ejemplifica lo que estoy diciendo: “An american crime”.

En definitiva, creo que es tan volátil ese concepto del bien que necesitamos “amarrarlo” en alguna parte a fin de dotarlo de sentido. Y puestos a amarrarlo, antes que hacerlo a personas, ideas o conceptos vacíos, prefiero tenerlo en mí y controlarlo yo, porque a fin de cuentas prefiero equivocarme siendo alguien que acertar en no ser nadie.

Falsas ideas sobre el abuso sexual infantil

Publicado por jmontane el Domingo, Agosto 17th, 2008 a las 22:57

Aunque cada vez menos, todavía hay una tendencia a creer que el abuso sexual infantil (ASI) se produce casi exclusivamente en ambientes desestructurados, de pobreza o en ciertas clases sociales que poco tienen que ver con nosotros. Continúa planeando la idea totalmente errónea que, lejos de inmiscuirse en nuestros sólidos tejidos sociales, postula que los ASI tiene más que ver con la pederastia o con el comercio sexual infantil, y muy poco con nuestra realidad cotidiana. En cualquier caso se pretende ver esa realidad como algo lejano y que apenas debería inquietarnos, pero la realidad es la que es y no puede ser silenciada y escondida por más tiempo.

Aunque la percepción de los ASI está modificándose a pasos agigantados sigue quedando un largo camino por recorrer. Seguimos viendo esa lacra social como si fuera una especie de accidente, incluso comparable a un grave accidente de tráfico; somos conscientes de que se trata de algo que ocurre, pero jamás creemos que nos pueda afectar a nosotros. Es de aquellas cosas que inconscientemente pensamos que sólo afecta a los demás. No obstante debemos ser conscientes que las probabilidades de estar involucrado en un caso de ASI son mucho mayores que las de padecer un accidente de tráfico grave. Los números no dejan espacio para la duda: una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños, aproximadamente, ha padecido algún tipo de abuso sexual a lo largo de su vida antes de cumplir los 17 años.

Una vez con los pies en el suelo y reconocida la naturaleza y la realidad de los ASI, digamos que mayoritariamente estos abusos se perpetran dentro del entorno familiar del niño, siendo el padre o padrastro la figura que más habitualmente pasa a convertirse en el agresor. También son abusadores comunes, por este orden, hermanos, tíos, primos, abuelos y, en general, cualquier persona que tenga un acceso directo y continuado con el niño y que le  permita ganarse su confianza, como podrían ser maestros, amigos de la familia, sacerdotes, monitores, etc.

Es cierto que también existe el ASI por parte de desconocidos, pero su incidencia es mucho menor. Digamos que los abusos intrafamiliares rondan el 60%. Si le sumamos los perpetrados por conocidos la cifra superaría el 90%. Hay que reconocer que la rápida implantación de internet en nuestra sociedad ha supuesto que avancemos mucho y en positivo, tanto en la información como en la prevención o en la facilitación para crear asociaciones. Su parte negativa, no obstante, es conocida por todos, y si antes los pederastas tenían más complicado su acercamiento a los menores, ahora poseen una herramienta efectiva para sus abyectos objetivos. Todo esto nos lleva a prever que la cifra de abusadores desconocidos pueda incrementarse notablemente en el futuro.

Uno tiende a imaginarse que el abuso sexual infantil es un hecho violento, sin embargo no es así; al menos no el tipo de violencia física que todos podemos tener en mente. En los casos intrafamiliares no es necesaria. Al agresor le basta la intimidación y el poder que le confiere su condición de adulto, lo que sumado a la autoridad añadida que le proporciona ser un familiar habitualmente directo, dejan al menor casi sin posibilidades de escapar de esta triste realidad.

Hay quien piensa que si a un niño le sucede algo así lo diría, pero desgraciadamente pocas veces sucede. El menor casi siempre guarda el secreto, bien sea por miedo, vergüenza, culpa o sentimientos de complicidad, sentimientos inducidos por el agresor y que le garantizan en buena medida la impunidad de que gozará, en muchos casos, toda su vida. Si un niño lo tiene complicado, un adulto no lo tiene mucho mejor. Cuando es capaz de hacerlo, suelen plantearse cuestiones como: -¿Para qué lo voy a contar ahora?-  o bien  -Sólo conseguiré que sufra mi familia-  El peso específico de estos son condicionantes pueden ser abrumadores, tanto como para impedir dar el paso. También hay que decir que detrás de esos pensamientos subyacen causas de más hondo calado que llevan al superviviente a seguir siendo esclavo de su propio silencio. Entre ellas una baja autoestima, un sentimiento de culpabilidad hacia las consecuencias de la revelación, como una posible desintegración familiar, y una acusada sensación de falta de legitimidad para reclamar o exigir cualquier restauración sobre el daño sufrido hace ya tantos años.

Otro factor muy controvertido, desconcertante y tremendamente culpabilizador es el placer ocasional que puede haber experimentado el niño durante los abusos. Cuando eso ocurre se pierde cualquier atisbo de legitimidad a la hora de sopesar la posibilidad de revelar lo que está ocurriendo. Y lo más terrible es que se utilice esa circunstancia por parte de los pederastas para justificar sus acciones. La consecuencia es que el menor culpe a su “cuerpo” por haber sentido placer y traicionarle, lo que de adulto puede traducirse en diversas patologías de mayor o menor gravedad.

Todo lo expuesto hace que se perpetúe la cadena del silencio. La consecuencia final que podemos extraer es que el delito de abuso sexual infantil es una de las transgresiones legales más comunes y menos penalizadas debido a la absoluta impunidad con la que, hasta hace bien poco, ha actuado el agresor.  Y a decir verdad, no podemos decir que en la práctica hayan cambiado demasiado las cosas.

El enemigo no está lejos ni es ese ser depravado que vamos a reconocer nada más verlo. Por desgracia no es así; más comúnmente se trata de alguien bien considerado socialmente y que no suele levantar sospecha alguna. El enemigo está en nuestra propia casa, y mientras los que padecimos ASI no seamos capaces de alzar nuestro dedo acusador, el agresor seguirá siendo el enemigo invisible que acecha impunemente desde muchos de nuestros hogares.

El poder del miedo

Publicado por jmontane el Domingo, Agosto 17th, 2008 a las 22:55

¿Cuál es el motor que nos hace avanzar? ¿Qué nos hace felices? O planteándolo desde otro ángulo ¿qué nos impide alcanzar nuestros sueños? ¿Por qué no somos tan felices como quisiéramos?

Seguro que todos nos habremos planteado esas cuestiones filosóficas en alguna ocasión, y probablemente también poseamos nuestra particular respuesta a cada una de ellas. Es posible. Incluso creo firmemente que debería ser así, sin embargo lo más habitual es que lo único que tengamos sea nuestra particular manera de ignorar esas cuestiones. Es más fácil, sin duda.

Cuando se presenta en nuestra vida una disyuntiva que nos obliga a elegir, casi siempre solemos decantarnos por la opción más cómoda, por la menos comprometida, por la que requiere menos implicación y esfuerzo. Diría que se trata de una tendencia natural o instintiva y queremos creer que es lo mejor para nosotros, aunque muchas veces no sea así en absoluto. La experiencia suele demostrarnos que las elecciones más convenientes y adecuadas son las primeras que nos vienen a la mente, las mismas que acostumbramos a descartar automáticamente. Pero claro, su efectividad tiene como contrapartida el hecho de ser trabajosas e incómodas, así que mejor un atajo que nos conducirá a la misma meta. ¿O no?

Aunque no seamos demasiado conscientes de ello, muchos de nosotros tenemos una cierta propensión a negarnos las mejores posibilidades y a boicotear nuestros sueños, proyectos o incluso pensamientos. Son diversos los factores que pueden determinar en que grado ocurre tal cosa y sería demasiado extenso como para tratarlo aquí.

Nuestras propias circunstancias son el obstáculo que determina en que medida somos capaces de distinguir con claridad cual es la mejor opción. Sin embargo, sea cual sea el  motivo por el que creemos dejar de hacer lo que corresponde a cada situación, se esconde una realidad que siempre eludimos: el miedo; la verdadera clave de nuestra conducta. Así es; el miedo es el instrumento que descarrila nuestras intenciones y el que nos hace errar a la hora de escoger la elección correcta. Y no sólo está el mal uso que hacemos de él; también es el instrumento que emplean los demás hacia nosotros, lo cual ocurre desde todas las instancias.

Yo he visto el miedo en un asunto que conozco demasiado bien: los abusos sexuales en la infancia. Ese miedo que nos paralizó en la infancia y que se deslizó hasta etapa adulta para extenderse y controlar nuestra existencia. Puede parecer que me decanto por un ejemplo un tanto extremo, pero en realidad el funcionamiento es siempre el mismo, por terribles que sean las circunstancias en las que opera el miedo.

Cuando el destino deja de estar en tus manos aparecen excusas vestidas con todo tipo de argumentos para no hacer lo que hay que hacer. De ahí surgen las preguntas como: ¿Por qué voy a hablar ahora de lo que sucedió en mi niñez? Es mejor (más cómodo) mantener para siempre el secreto. Así nos evitamos dar ninguna explicación. Pero la respuesta correcta no es esa; lo conveniente es hablar porque eso será lo que va a beneficiarnos. Quizás no de un modo inmediato, pero las mejores cosas de nuestra vida requieren su tiempo. ¿Qué nos impide entonces hacer lo adecuado? El miedo. Y la excusa que se adorna con todo tipo de argumentos para esconder ese miedo puede ser, por ejemplo, el dolor que les causaríamos a los demás, cuando en realidad, de lo que se trata en el fondo es del miedo que nos produce enfrentarnos a nuestra realidad y a que ésta sea conocida por todos. El dolor existe, bien lo sabemos, y no es nuestra obligación librar del dolor a toda la humanidad. Es un absurdo; el dolor forma parte de nuestra existencia y la obsesión por evitarlo a cualquier precio, paradójicamente, es lo que más dolor nos va a producir a largo plazo. No es cuestión de infligir dolor gratuitamente, lo que nos conduciría a otro tipo de problemas, sino de seguir el curso natural de los acontecimientos y de las necesidades que todos tenemos. Lo que está en juego es la valentía de ser capaces de contar la verdad y de asumir las consecuencias. Nosotros las nuestras y los demás las suyas. Esta es nuestra labor y el camino hacia una existencia más feliz; al contrario que el silencio y el secretismo. Y eso es válido para todos.

El miedo también dirige otros aspectos de nuestra vida, más allá de los conflictos personales o familiares que acabo de exponer. Sin ir más lejos, en nuestra vida laboral, por poner otro ejemplo, es posible que nos mantengamos aferrados a nuestro puesto de trabajo por el miedo a ser despedidos y acabar peor de lo que estamos, cuando quizá podríamos prosperar en otro lugar o incluso estaríamos perfectamente capacitados para ascender en ese nuestro actual puesto de trabajo. Es una mera cuestión de actitud. O manejamos el miedo o dejamos que éste nos maneje.

Si fijamos nuestra atención en otro aspecto de nuestra realidad, y ahora estoy pensando en la política, veremos que sucede lo mismo a gran escala, sobre todo en época de elecciones. En este escenario podemos contemplar un completo y descarado abuso del miedo como herramienta para convencer a los votantes más indecisos o con menos criterio. No hay más que escucharlos un rato para constatar que cualquier partido político nos hablará de sus excelencias si sale elegido, al mismo que no se cansará de recordarnos lo perjudicial y peligroso que puede ser para nuestros intereses que gane el partido contrario.

Cualquier estudioso de la historia y de la prehistoria del ser humano sabe que el miedo es y ha sido un elemento necesario para nuestra supervivencia. Sin miedo quizá ya nos hubiéramos extinguido. Pero el miedo también es una herramienta muy poderosa que debemos manejar para nuestro propio beneficio, de lo contrario no faltarán quienes lo hagan por nosotros.

Aunque se trate de un tema delicado y pueda herir más de una sensibilidad, el miedo por excelencia lo han manejado desde el principio de los tiempos casi todas las religiones. Este es un asunto en el que cada cual hace su elección y en el que los argumentos que podrían servir para otras cuestiones no sirven en estas. La fe y la razón no pueden enfrentarse; habitan en distintos planos. Siempre me ha parecido que la tendencia está más en “voy a ser bueno” para no ir al infierno que “voy a ser bueno” para ir al cielo.