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Racovitza (1868) participó en la expedición liderada por Adrien Victor
Joseph de Gerlache a la Antártida (Bélgica 1897-1899) lugarteniente de la
Marina Real Belga, en aquella época contaba con 29 años y Bélgica tenía
pocos recursos para la expedición al continente blanco, por lo que Gerlache
tuvo serias dificultades para realizarla a bordo del ballenero Patric que
había sido rebautizado como Bélgica, tenía 250 toneladas de registro y se
pagaron 70.000 francos a los propietarios noruegos.
En aquella histórica
expedición viajarían gentes de diversos orígenes que hoy son nombres
sobradamente conocidos entre la comunidad científica y, sobre todo, entre
los amantes de las tierras polares, especialmente entre los filatelistas
temáticos en donde brillan con luz propia.
Emil Racovitza era el zoólogo
rumano; Henryk Arctowski el geólogo polaco; Roald Amundsen el noruego que
años después conquistaría el Polo Sur; Frederick A Cook el médico
norteamericano y resto de personal de nacionalidad belga, noruega, rusa...
La expedición escribió una de las páginas históricas dentro de las
expediciones realizadas al continente blanco y marcaron el camino para la
posterior conquista de la Antártida en la que Amundsen marcó el camino
frente a la adversidad.
Hoy traemos a Racovitza, no por
aquella histórica gesta, sino por el campo en el que sería una auténtica
autoridad mundial: la bioespeleología cuyo centenario se conmemoró en el
2007 con una emisión postal que el correo rumano dedicó al mundo de las
profundidades; esta ciencia comenzó a popularizarse con los trabajos del
gran científico y explorador antártico rumano.
La existencia de animales cavernícolas había sido documentada mucho antes de que naciera la bioespeleología; pasando del silencio a las leyendas con raíces subterráneas
en el siglo XVII cuando en 1689 se descubre el batracio urodélido Proteus
anguinus en una cueva del actual territorio esloveno, sistemáticamente
estudiado desde 1768. Será en 1842 cuando J E De Kay describe el Amblyopsis
spelaea de las cuevas del mamuth (Kentucky). La exploración subterránea se
convertirá en una búsqueda de carácter científico en 1888 con Edouard Martel
que comenzó a visitar las grutas francesas y de una veintena de países,
entre ellos España. La tarea sería continuada por su discípulo A Vivé entre
1895-1899, que realizó una profunda recopilación para su tesis sobre la
fauna acuática (hipogea) y fundador del denominado Laboratorio de las
Catacumbas (Jardín de Plantas de París).

Con anterioridad a la
publicación de la memoria de Racovitza (1907), hubo varios intentos de
establecer la catalogación de la fauna cavernícola, entre otros los de J C
Schiodte (1849); J R Schiner (1854) y G Joseph (1882). Fue el segundo el que
estableció la primera clasificación válida. Años después sería recuperada
por el genio rumano y ha llegado hasta nuestros días, con alguna
actualización secundaria, quedaron establecidas tres categorías básicas:
- Trogloxenos (huéspedes temporales)
- Troglofilos (huéspedes colectivos)
- Troglobites (huéspedes auténticos y reyes de la obscuridad)
Racovitza nació en la señorial
Iasi, antigua capital de Moldavia [actualmente departamento homónimo dentro
de la República Rumana], está situada en torno a siete colinas que le
confieren el nombre de “Pequeña Roma”, es la tercera ciudad del país. En
ella se fundó la primera universidad y no es nada extraño que de allí
saliera Racovitza. Actualmente tiene tres teatros, dieciséis museos, casi
300 bibliotecas (una británica y otra norteamericana), tres centros
culturales (Alemania, Francia y Chile). Aquí nació el Premio Nobel rumano
George Emil Palade.

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