finales de 1999 llegaba a nuestro
poder información alusiva a un nuevo matasellos de temática polar aunque no
conseguíamos averiguar nada sobre el personaje honrado en la marca que le
dedicaba su país: Noruega, al cumplirse cien años de su invernada Antártica.
Creíamos, como siempre, que lo más importante era tener la cancelación y,
como en tantas ocasiones, ya descubriríamos datos sobre la pieza para poder
documentarla, sólo era cuestión de esperar, al final descifraríamos el
enigma y, aunque no con todos los datos, algo sacaríamos a la luz.

Borchgrevink
[Biografía]
¿Quién fue Carsten Egeberg Borchgrevink? Para algunos polares, con toda seguridad, nada
nuevo les traeremos, para otros puede que sea la primera vez que oyen hablar
de él y es para ellos para los que nos pusimos a redactar el presente
artículo. Evidentemente, el personaje nos podrá servir para otras muchas
cosas, temáticamente hablando, fue el primero en varios hitos y deberá ser
tenido en cuenta por los coleccionistas que tienen incidencia en su persona,
desde los de perros al uso de los ingenios humanos en el continente helado.
He aquí algunos
apuntes de lo descubierto sobre un personaje que poquísimas veces lo vi
escrito en los materiales que poseo, incluso en libros expresamente
dedicados al continente blanco, nunca aparecía reseñado. Sin duda alguna la
bibliografía le fue dando de lado y al final se quedó en el olvido por no se
sabe qué tipo de intereses.
Nuestro héroe
era hijo de un noruego y una inglesa; se embarcó con la expedición de Henryk
Bull con destino a la Antártida en 1894, tenía 30 años cuando tuvo su primer
contacto con el enigmático continente helado y estaba dispuesto a entrar en
la historia. Desembarcó en Cabo Anare y las primeras impresiones le acabaron
convenciendo de la posibilidad de invernar en el territorio, así que nada
más regresar de la expedición de Hull, se puso a buscar “patrocinadores”
para financiar su proyecto, no logró dinero en Australia y tampoco parecía
tener mejor suerte en el Reino Unido donde continuamente fueron rechazados
sus planes, hasta que, de manera insospechada, se le cruzaba en el camino un
hombre que haría todo lo que él necesitaba. Hombre de convicciones, tres
años después, 1897, tenía el consentimiento del acaudalado editor de una
revista británica: George Newnes le entregaba las 40.000 libras esterlinas
que necesitaba para su aventura en la Antártida, éste inesperado éxito acabó
irritando a la mismísima Real Sociedad Geográfica británica que andaba
preparando su propia expedición en la misma época y aún les enervó más
cuando Borchgrevink bautizó a su proyecto con el nombre de “Expedición
Británica al Antártico” y, además, ondeaba orgullosa la célebre Union Jack
en aquel épico viaje de 1898-1900. Él le puso este nombre en honor del
máximo patrocinador aunque, en la práctica, la expedición sólo contaba con
dos británicos, un australiano y 31 noruegos que había conseguido convencer
para su gran aventura polar que le haría entrar en la historia.
La expedición
partió a bordo del Southern Cross, un viejo ballenero reconvertido para la
dura navegación en las heladas latitudes antárticas al que se le pusieron
unos de los motores más potentes de la época. Partía del Reino Unido el 22
de agosto de 1898 y llegaba al Cabo Adare en febrero de 1899. Dos semanas
después habían levantado dos refugios de madera en Ridley Beach (nombre que
le dio nuestro personaje en honor de su madre) y el navío volvía sus
derrotas hacia Nueva Zelanda. Borchgrevink y nueve hombres más fueron
abandonados, por primera vez en la historia, para pasar el largo invierno
antártico en el lugar más solitario del globo terráqueo. A la expedición le
acompañaba una camada de 90 perros preparados y entrenados para arrastrar
los trineos: por primera vez se empleaban en las exploraciones del
continente blanco.
Asimismo fue la
primera ocasión en que se emplearon los kayaks de los inuits (los célebres
pueblos del gran norte) y una estufa portátil que se había inventado en la
fría Suecia seis años antes –prácticamente ha llegado hasta nuestros días y
aún es utilizada por aquellos territorios-. Lamentablemente, también se
dieron casos negativos: el primer muerto en la Antártida, se trataba del
zoólogo noruego Nicolai Hansen que falleció el 14 de octubre de 1899, fue
enterrado en la cordillera de Cabo Adare. Vivieron varios percances
desagradables que casi acaban dramáticamente con la expedición: el incendio
y un escape de monóxido de carbono producido por la estufa de carbón. Sin
embargo lograron superar con buena salud, física y psicológicamente
hablando, su invernada antártica, algo que no consiguió la tripulación del
Bélgica.
La Southern
Cross volvió a por los expedicionarios el 28 de enero de 1900 y, con ello,
se demostraba científicamente, algo nuevo: era posible sobrevivir a las
duras condiciones ambientales en los frágiles refugios de madera que podrían
ser usados como bases de partida a lo largo de las heladas costas y acometer
también la conquista del Polo Sur.
A pesar de este
significativo éxito, al que se le ha de añadir la excelente cartografía del
Mar de Ross levantada por el agrimensor inglés William Colbeck (pertenecía a
la Armada Real de su Graciosa Majestad) que serviría para posteriores
expediciones de exploración. Borchgrevink no fue recibido con el calor que
se merecía y su hazaña quedó oscurecida por la que preparaba el mítico
Robert F. Scott. La Real Sociedad Geográfica sólo se avino a reconocer su
épica invernada en 1930, entonces le otorgó la Medalla de la entidad, cuatro
años después nuestro intrépido viajero moría en su Noruega natal.
No obstante aún
hay páginas oscuras sobre la hazaña de Borchgrevink. Una cita bibliográfica
habla del primer desembarco en las tierras antárticas en 1895, se trató de
la expedición ballenera de Henryk Bull que con el “Antarctic” capitaneado
por Leonard Kristensen, llegó y desembarcó, el 24 de enero, en el Cabo Adare,
el biólogo auxiliar (era la categoría de nuestro personaje que viajaba en la
expedición de Hull) Carsten Egeberg Borchgrevink, exigió ser reconocido como
el primer hombre que puso los pies en el continente antártico. El capitán
pidió lo mismo en los términos de “ser los primeros hombres que alguna vez
pusieron los pies en South Victoria Land”. Sin embargo, al parecer, el
verdadero honor correspondería a Alejandro Tunzleman (un muchacho reclutado
en Steward Island) fue el que realmente precedió a ambos: preparó los
cordajes y escalerillas para que, cómodamente, desembarcaran el capitán y
los otros miembros de la tripulación.
El jefe de la
expedición Henryk Hull dijo “tener la sensación de ser los primeros hombres
que ponían el pie en el continente Antártico de una manera real y palpable”.
La disputa o la vanidad sobre el hecho de ser los primeros tuvo sus
acaloradas discusiones y al parecer hubo otros desembarcos anteriores, pero Borchgrevink tiene el honor de ser el Jefe de la primera expedición que pasó
el invierno en la Antártida en la temporada 1899-1900. El testimonio de
aquella gesta quedó registrado en la bitácora del Southern Cross y aún hoy
pueden visitarse las dos cabañas que los expedicionarios utilizaron en
Ridley Beach (Cabo Adare). Nuestro héroe escribió: “En el techo colgaba
armas, pescado, cuchillos, cadenas, cuerdas, etc. Se cerraron las literas
cubiertas con fieltro y se dejó una pequeña abertura por donde nos
introducíamos, en cierta medida era una especie de ataúd que confería una
cierta intimidad al tiempo que todos compartíamos el escaso espacio de
nuestra cabaña. Todo realizado de acuerdo con las recomendaciones del doctor
del grupo que encontró esta fórmula para defendernos al máximo de las bajas
temperaturas”.
Las chozas de Borchgrevink se levantaron con pesados tablones de abeto noruego que han
demostrado su resistencia a las bajas temperaturas invernales y los fuertes
vientos que suelen azotar la zona de Cabo Adare. Las construcciones que
acogieron a los 10 hombres hace un siglo, medían 5.5 x 6.5 metros; al entrar
hay una pequeña oficina/almacén –izquierda- y un cuarto oscuro –derecha-, el
aislamiento térmico se realizó mediante la fijación de pieles en el interior
de la cabaña. Pasadas las dos pequeñas estancias, encontraríamos una estufa
de pie, una mesa y las sillas, finalmente los cinco nichos dobles en gradas
alineadas en el espacio libre del resto de la pared, Borchgrevink estaba
situado en la parte superior de la esquina izquierda. La choza tenía una
doble ventana y, a pesar de la cuidadosa planificación, las cabañas no
fueron nada cómodas para los expedicionarios. El físico australiano Louis
Bernacchi escribió, al dejar Cabo Anare: “Nunca había pasado doce meses tan
duros en un ambiente tan inhóspito y en tan delicadas condiciones”. La
cabaña de las reservas estaba orientada al lado oeste y a principios de los
noventa había perdido el techo y aún conserva las cajas de munición que
Borchgrevink trajo en su expedición para defenderse de los grandes
depredadores (pensaba que habría osos polares, recordemos que nadie antes
había pasado la larga noche invernal en la Antártida y, por consiguiente, se
desconocían los peligros reales a los que tendrían que enfrentarse) y otra
de las grandes provisiones fue una tonelada de manteca irlandesa. Cenizas,
basuras en los barriles y carbón están fuera de la choza que está totalmente
rodeada por una gran colonia de pingüinos Adélia, algo que debe de tener en
cuenta toda persona que visita este histórico rincón.
El Antarctic
Heritage Trust tiene a su cargo los trabajos de mantenimiento y
conservación de las construcciones originales a las que se reforzaron con abrazaderas
fijadas a tierra en la campaña 1989-1990. Generalmente sólo cuatro personas
suelen pernoctar en las cabañas, incluyendo el representante del Antarctic
Heritage que suele acompañar a los viajeros que llegan a la zona de la Base
Scott y del interior del Cabo Adare, las chozas tienen una capacidad
limitada y tratan de evitar que se destruyan por parte de los visitantes
que, generalmente, son acompañados bajo unas estrictas normas que se
comprometen a respetar cuando están en la zona donde invernaron los
expedicionarios de Borchgrevink hace un siglo.
NOTA: El presente artículo es una versión
libre del autor basada en los documentos que Jeff Rubin incluyó en su libro
“Antártica”, Lonely Planet, Australia, 1996.
NOTA DEL
WEBMASTER: Véanse los relatos complementarios de las expediciones de 1894 y
1898 en la sección Exploración
- expediciones:
Carsten Borchgrevink 1894