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La ciencia inmunológica


 

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a inmunología es la rama de la biología que estudia los mecanismos fisiológicos de defensa de un organismo ante las agresiones de cuerpos extraños, ya sea por otros seres vivos (microorganismos), o por materias inertes.

En medicina tiene una gran importancia teórica y práctica, siendo su campo de aplicación las enfermedades infecciosas (vacunas), detección de enfermedades hormonales, prevención de rechazos en trasplantes de órganos y tejidos, diagnóstico del cáncer, etc.

Dr. Alexander Fleming, descubridor de la penicilina

Precursores y estudios


Puede considerarse al médico y naturalista británico Edward Jenner (1749-1823), famoso por su descubrimiento en 1796 de la vacuna contra la viruela, como el precursor de la ciencia inmunológica, aunque debería transcurrir casi un siglo, hasta 1891, para obtener avances significativos con las investigaciones de Loeffler y Kock, y más tarde las del bacteriólogo alemán y Premio Nóbel de Medicina y Fisiología en 1901 Emil August Behring (1854-1917), el cual conseguiría aislar la antitoxina diftérica en sueros de conejos, comenzando a tratar con éxito a niños con difteria.

Los estudios sobre inmunología se intensificaron con el comienzo del siglo XX, y así, en 1908, se otorgó el Premio Nóbel de Medicina y Fisiología por sus trabajos sobre el papel de los fagocitos en la defensa del organismo, al zoólogo y embriólogo ruso I. Metchnikov (1845-1916) miembro del Instituto Pasteur de París, y al médico alemán Paul Ehrlich (1854-1915), a éste último se le considera fundador de la quimioterapia.

En 1940, el médico bacteriólogo británico Alexander Fleming (1881-1955) hace público el descubrimiento de un producto de extraordinario valor terapéutico, la penicilina, procedente de un hongo capaz de segregar una sustancia destructora de varias bacterias patógenas. Su hallazgo y estudios le valieron el Premio Nóbel de Medicina y Fisiología en 1945, compartido con Howard W. Florey y E. B. Chain.

La inmunología humana


El cuerpo humano está constantemente expuesto al ataque de numerosos microorganismos, como virus, bacterias, hongos y protozoos. Muchos de ellos son inocuos, pero existe una gran variedad que son susceptibles de provocar enfermedades infecciosas, por lo que se denominan gérmenes patógenos

Una alimentación sana y equilibrada es fundamental para mantener el cuerpo en buenas condiciones de salud y resistencia ante los gérmenes patógenos

El organismo humano se defiende del ataque de los gérmenes patógenos mediante un conjunto de sistemas defensivos, constituido por una serie de barreras y mecanismos que engloban lo que se denomina inmunidad natural. La inmunidad se define como la resistencia que presenta un ser vivo ante la infección provocada por el ataque de los citados gérmenes. Las defensas naturales que presenta el cuerpo se clasifican en externas, las situadas en las posibles zonas de penetración de los gérmenes; y las internas, las que se sitúan y actúan en el seno del organismo.

El sistema inmunitario cumple mejor sus funciones cuando el organismo recibe todas las sustancias orgánicas e inorgánicas que requiere. En este contexto, una alimentación sana y equilibrada es fundamental para mantenerse en condiciones de salud y prevenir la enfermedad, disponiendo así el cuerpo de mayor capacidad de resistencia ante la posible invasión de los gérmenes patógenos.

Tipos de inmunidad


Según su origen, se ha estimado clasificar la inmunidad en congénita o natural, y en adquirida:

Inmunidad congénita o natural

Como se deduce de su título, la inmunidad congénita o natural es la que se deriva del sistema inmunitario del propio ser. Pueden existir variantes en función de la raza, especie, o según las características de cada individuo. Así, algunas razas o especies están mejor preparadas frente a otras para resistir las infecciones, e incluso dentro de una misma raza o especie un individuo puede sobresalir por sus características defensivas en base a factores hereditarios.

Las diferencias inmunológicas existentes entre diferentes especies animales (y también vegetales), explican la resistencia a determinadas enfermedades y que sin embargo se sufran otras. Por ejemplo, mientras que los humanos no padecen algunas enfermedades propias de los animales, como la peste porcina o la aviar de las gallinas, éstos tampoco conocen otras enfermedades muy comunes en el hombre, como la gripe, o el sarampión.

Inmunidad adquirida

La inmunidad adquirida es aquella que sobreviene a lo largo de la vida después de una enfermedad (inmunidad adquirida natural), o tras una vacunación (inmunidad adquirida artificial). Técnicamente se trata de la formación de anticuerpos en el organismo que contrarrestan los antígenos que representan los microorganismos y sus toxinas.

Inmunidad adquirida natural

Cuando se ha sufrido una enfermedad o infección, tras la curación se puede adquirir inmunidad, en cuyo caso se denomina inmunidad adquirida natural. Este tipo de inmunidad puede ser total o parcial, según dure toda la vida o sólo unos meses o años. Ejemplo, en los humanos las enfermedades del sarampión y la tosferina una vez sufridas y curadas inmunizan para el resto de la vida, mientras que la gripe, el tifus o el cólera pueden ser sufridas varias veces a lo largo de la vida, ya que la inmunidad solo dura unos pocos años, o incluso meses.

Inmunidad adquirida artificial

La inmunidad puede ser inducida externamente mediante la aplicación de anticuerpos, en cuyo caso se denomina inmunidad adquirida artificial. A su vez, si esa administración se realiza mediante vacunas se le conoce como activa, y si es mediante sueros, pasiva.

Activa (vacunas).- las vacunas contienen los gérmenes que producen la enfermedad que se pretende inmunizar, pero cuando se introducen en el organismo se encuentran muertos o atenuados (adormilados), con objeto de que al ser detectados sus antígenos por el sistema inmunitario se comience a producir anticuerpos pero sin llegar a desarrollar la enfermedad. El resultado es la manifestación de una resistencia del organismo por un tiempo variable, o permanente, a ser invadido por los verdaderos gérmenes activos; por ello algunas enfermedades requieren revacunaciones periódicas para mantener la inmunidad. A algunas personas de riesgo, con un sistema inmunitario débil, se les suele administrar vacunas contra enfermedades de gravedad menor, como la gripe o el resfriado. Ejemplo de vacunas que se administran frecuentemente o con regularidad a los humanos, son las de enfermedades infantiles, como el sarampión, poliomielitis, rubeola y tosferina.

Pasiva (sueros).- los sueros no contienen los gérmenes que producen la enfermedad, como sucede con las vacunas, sino que ya llevan los anticuerpos contra la propia enfermedad que se desea inmunizar. Estos anticuerpos se consiguen provocando su producción por otro animal, por ejemplo el caballo o el cerdo. A éstos se le inyectan los gérmenes patógenos para que sus organismos fabriquen los anticuerpos. Posteriormente, se le extrae la sangre cargada de ellos y una vez purificada se obtiene un suero contra la enfermedad, que ya puede ser inyectado a una persona enferma con objeto de estimular sus defensas y alcanzar la curación.


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