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Judías secas (habichuelas) |
La judía es una planta anual, de tallos volubles, hojas compuestas trifoliadas, flores blancas agrupadas en racimos, y legumbres alargadas, generalmente aplastadas (también hay variedades redondas). Las legumbres contienen varias semillas en su interior, que pueden ser consumidas inmaduras dentro de su vaina tierna como judía verde. No debemos confundir la judía del género Phaseolus con otras actualmente utilizadas para forraje, como la judía de Egipto, la judía espárrago (Vigna sinensis), o la judía carita o careta (Dolichos lablab), que son especies pertenecientes a géneros diferentes.
Existen dos grupos de variedades de judía bien definidas: las judías de enrame o mata alta y las judías de mata baja. Las de enrame emiten unos tallos muy largos que precisan entutorarse mediante palos, varillas o alambres, con objeto de que se sujeten a ellos durante su desarrollo; los de mata baja, también llamadas enanas, no necesitan tutores, pues son capaces de sostenerse por sí solas dada su escasa altura. Tanto unas como otras tienen sus peculiaridades, no obstante, los de enrame suelen ser más productivas en relación al espacio ocupado, ya que su progresión es hacia arriba, y siguen dando fruto durante un tiempo mientras no se rompan los zarcillos donde nacen las flores (como sucede con los guisantes).
Las judías se reproducen por semilla. El suelo debe ser ligero, fresco y bien cavado y estercolado. No acepta terrenos calizos, que perjudicarían la calidad del fruto. Agradecen la aportación de potasio y fósforo, que pueden incorporarse en forma de abonos minerales, y en parte mediante cenizas obtenidas por la combustión de troncos o maderas. La siembra se realiza en mayo o junio (depende del clima) cuando haya pasado el riesgo de las heladas y el frío intenso, ya que no tolera las bajas temperaturas. Se ponen dos o tres semillas en cada hueco separados entre sí aproximadamente medio metro (según el tipo de variedad y su desarrollo), y en en caballones distanciados unos 80 o 90 cm.
Normalmente no se debe regar después de la siembra, es más, si llueve antes de que germinen pueden pudrirse en la tierra, obligando a realizar una resiembra. Después de que nazcan las plantitas se riegan cada dos o tres días. Si las matas son de enrame hay que colocar tutores cuando alcancen los 30 cm. de altura. La exposición debe ser soleada. Hay que escardar frecuentemente las malas hierbas, y realizar varias labores de bina (cavar la tierra de vez en cuando para oxigenarla, cuidando de no dañar las raíces ni los tallos).
Si se van a utilizar como judía verde se recolectan mientras se producen las vainas tiernas. Es posible mantener una producción de judías verdes durante todo el verano. Para extraer las vainas hay que procurar no dañar los zarcillos, que seguirán desarrollándose y dando fruto; se toman los pedúnculos de las vainas y se cortan sin tirar de ellas. Si se van a consumir secas se dejan madurar en las matas, después se arrancan y se mantienen colgadas boca a bajo durante un tiempo; posteriormente se desgranan y se almacenan en recipientes alejados de la humedad hasta que se consuman.
Suelen ser atacadas por insectos y enfermedades fúngicas, como el mildiu y otros hongos en forma de antracnosis, que ataca tallos, hojas y vainas. El mildiu puede ser combatido mediante aplicaciones de caldo bordelés; en otros casos en preferible prevenir seleccionando variedades resistentes, y cuidando no mojar las hojas durante el riego para evitar la propagación de los hongos de unas plantas a otras. La roya es otra enfermedad grave de las judías que provoca la pérdida de las hojas; se manifiesta al principio mediante unos puntos pulverulentos de color pardo, que más tarde crecen y se tornan en esporas negras.
Las temperaturas inferiores a 12º C. y la lluvia abundante perjudican gravemente a las judías. El viento fuerte termina por romper los zarcillos en aquellas especies trepadoras, resecando las flores.