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Malas hierbas - 1ª parte

 


 

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l control de las malas hierbas es una actividad fundamental en agricultura y jardinería, si deseamos obtener frutos y rendimientos adecuados.

Las malas hierbas que proliferan en los campos de cultivo suelen frenar el normal crecimiento de las plantas herbáceas, y complican el mantenimiento de las tierras de pastos.

Antecedentes históricos


Históricamente, y hasta mediados del siglo XX, las labores de control de las malas hierbas se han realizado siempre a mano, mediante la azada o arando el terreno; cualquiera de esos métodos resultan laboriosos y económicamente poco rentables. Si se labra la tierra profundamente para enterrar las malas hierbas, se corre el riesgo de enterrar también demasiado la capa de tierra más fértil, lo que obliga a añadir fertilizantes encareciendo los trabajos de cultivo.

Hasta mediados del siglo XX el control de las malas hierbas era una labor que debía ser realizada siempre a mano

A partir del año 1940 se comenzaron a sintetizar los primeros herbicidas, lo que supuso toda una revolución en la lucha contra las malas hierbas, reduciéndose notablemente la mano de obra y multiplicándose los rendimientos, especialmente en las explotaciones intensivas. Hoy en día existen herbicidas muy desarrollados, de amplio espectro y selectivos de gran eficacia.

Los herbicidas


Los herbicidas son sustancias químicas que permiten destruir las malas hierbas, o influir en su crecimiento de forma que no supongan un perjuicio para las otras plantas que interesa cultivar.

Los primeros herbicidas que se emplearon fueron de origen mineral; se distinguen los de clorato de sodio, ácido sulfúrico, sulfato de hierro y sulfato de amonio. Posteriormente se desarrollaron herbicidas orgánicos procedentes de sintetizar hormonas vegetales, las cuales pueden ser absorbidas por las hojas alterando su desarrollo. Otros herbicidas derivados de la urea tienen la propiedad de paralizar la fotosíntesis y destruir las raíces.

Los herbicidas han supuesto una verdadera revolución en la lucha contra las malas hierbas, especialmente en la agricultura intensiva, multiplicándose los rendimientos y reduciéndose notablemente la mano de obra

Los herbicidas pueden ser, según su acción, de contacto cuando producen quemaduras en las hojas, y sistémico o traslativos cuando son absorbidos por el sistema foliar o radicular de la planta. Según el ámbito de su acción pueden ser totales, cuando actúan sobre cualquier tipo de vegetación, y selectivos cuando actúan sólo sobre determinados tipos de plantas respetando otras que se encuentran en el mismo entorno. Los herbicidas selectivos son muy apreciados por los agricultores y jardineros, entre ellos se encuentran los que permiten el control de muchas monocotiledóneas de cultivo muy extendido, como las gramíneas (trigo, centeno, avena, etc.), impidiendo el crecimiento de otras plantas indeseables. Muchos herbicidas permiten graduar el nivel de selectividad con respecto a las plantas que afectan o no, simplemente regulando el volumen de producto aplicado a la superficie a tratar y la estación del año en que se aplica.

Existen herbicidas de amplio espectro, como los sintetizados a base de glifosato, que permiten controlar numerosas formas vegetales. Su aplicación en las hojas aprovecha el efecto de la fotosíntesis para destruir las raíces. Algunos permiten esterilizar el terreno y retrasar la aparición de las malas hierbas.

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